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Son olímpicos, lo demás no importa nada

Eulalio “Coco” Muñoz y Joaquín Arbe sellaron este sábado 7 de agosto en Sapporo (Japón) un acontecimiento épico, su participación en el maratón de Tokio 2020.

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Arbe y Muñoz el sueño del maratón olímpico

Por Edgardo Lillo.-

Los griegos, gestores de los Juegos Olímpicos, consideraban a sus deportistas como dioses o semi dioses, no sólo por la belleza corporal, principalmente por sus habilidades, por su talento, por su fortaleza mental, por las extraordinarias condiciones de esas esculturas humanas, inalcanzables para el resto.

No es un concepto sólo relacionado con el divismo de sus creencias. Es un concepto de la lógica pura sobre la que también aportaron mucho para el razonamiento de la humanidad.

Si acaso pudiéramos transpolar ese concepto a tiempos actuales, sin dudas que para hablar de Eulalio Muñoz y Joaquín Arbe, como también de los otros representantes olímpicos chubutenses como Eduardo Sepúlveda y Sofía Gómez Villafañe, habrá que referirse en términos de héroes, estandartes y por supuesto abanderados, una condición de privilegio, representar la bandera, el país, a su gente, a su sociedad, a tu esencia.

En efecto, la participación de Muñoz y Arbe es también es el triunfo de una parte, de una gran parte de la sociedad; la que se aferra a los valores, a los sueños, a la esperanza, que cree a rajatabla que hay que hacer algo para cambiar la realidad a pesar que las circunstancias nos desfigura el ánimo todos los días, que siente que se puede ser alguien en la vida desarrollando la capacidad individual para ponerle después al servicio de un objetivo colectivo.

Nadie se salva solo, por más que Coco y Joaquín hayan corrido solos, por más que en una prueba atlética rige el principio de individualidad, hubo un equipo que funcionó como tal. El entrenador que planifica, que supervisa, que exige, que evalúa; un médico, una nutricionista, un kinesiólogo, un funcionario, un grupo de amigos, un comerciante que la puso de su bolsillo, una comunidad que sostiene ese esfuerzo, esa perseverancia, ese tesón, esa locura de querer alcanzar algo que muchas veces parece inalcanzable.

Los chiflados que entrenan con temperaturas bajo cero en medio de las nieve y las montañas, los que deben fraccionar los turnos diarios, los “marcianos” que acumulan cientos y cientos de kilómetros de volumen semanal. Los que dejan a sus familias, sus afectos, sus lugares de orígenes, los que soportan viajes interminables, insufribles.

Precisamente, un deportista, un elite, está acostumbrado a convivir con el sufrimiento, con la adversidad, es un ejercicio constante y tan natural como las zancadas. Se cumple el principio bíblico de amar hasta que duela, porque encima el sufrimiento se incrementa en la misma medida que la pasión y la locura.

Y que importante son los procesos, que fundamental es la continuidad, el sostener en el tiempo una idea, una convicción, una posición tozuda pese a las tormentas.

En un ligero balance de la participación olímpica de Muñoz y Arbe un periodista de una agencia nacional de noticias cometió el disparate de comparar los resultados de los chubutenses con la vanguardia del maratón de Tokio 2020. De hecho remarcó que llegaron lejos de la punta.

No se trata sólo de una obviedad, al menos de una falta de consideración. No se puede ignorar que detrás de un atleta como Kipchoge están las máximas estructuras profesionales; las zapatillas que se diseñan según su características plantares, lo último de la tecnología aplicado a su evolución, como pasa como un auto de Fórmula 1, cuyos elementos serán fabricados después a gran escala para los autos de calle; los últimos conceptos de nutrición, de preparación física, de fisiología, de medicina deportiva, son experimentados con esos atletas, que antes fueron detectados desde muy chicos en sus pobres orígenes de Africa y hasta nacionalizados para los países del primer mundo.

Y en medio de esa elite son metieron dos “máquinas” nacionales, preparadas en los “laboratorios” de Esquel, con estructuras totalmente artesanales, sostenidas en la capacidad y el coraje de muchas personas, aunque sean pocas las caras visibles; los que entrenan en una pista de cemento que con el cúmulo del trabajo podría provocar lesiones ósea, tendinosas y ni hablar de las musculares.

Kipchoge corrió en Sapporo en casi siete minutos por encima de su récord mundial (2:08:31 contra 2:01:39), mientras Muñoz lo hizo 6 minutos, 6:36 segundos por encima bajo el calor agobiante de la ciudad japonesa (2:16:35 contra su mejor marca personal de 2:09:59). En esa misma comparación, incluso hay más mérito del desconocido chubutense de 25 años que cumplía, en su debut olímpico, su quinto maratón. Lo de Coco termina siendo superlativo, porque además el haber corrido la carrera de su vida implicaba antes de largar un desafío completamente desconocido y bajo una presión que hasta podría haberse tornado insostenible.

Pero no hay sueño que logre alcanzarse sin antes haber pasado por pruebas extremas: la de la frustración, el desánimo, el descreimiento, la indiferencia, la frivolidad, la irresponsabilidad de hablar sin saber, la incertidumbre, el miedo, la adversidad en su máxima expresión.

Pero el corazón valiente, esa actitud, esa personalidad, ese coraje forjado a sangre y fuego los ha hecho triunfar, alcanzar una gloria que nadie podrá discutir y nunca podrá olvidarse. Lo hicieron chicos! Gracias por emocionarnos, por hacernos entender que la humildad un día puede alcanzar el grado de grandeza. Por hacernos entender que la vida en base a sacrificios se puede coronar con la mayor de las recompensas, la de tocar el cielo con las manos.

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