Con productos próximos a vencer, el centro alimentario entrega mercados mensuales a familias campesinas y adultos mayores, combatiendo la inseguridad alimentaria en el centro de Colombia.
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Un yogur próximo a caducar, un pan del día anterior o una caja de leche sobrante encuentran un nuevo destino en las montañas del centro de Colombia, donde el Banco de Alimentos de Zipaquirá transforma donaciones en mercados mensuales para más de 3.500 familias y adultos mayores en riesgo de hambre.
El impacto en las zonas rurales es significativo: recibir alimentos que serían impensables en las tiendas locales, como cereales, chocolatinas o productos desconocidos para muchos niños, se convierte en un verdadero alivio. Según el sacerdote José Alejandro Quiroga, director pastoral del banco, “el recibimiento siempre es de esperanza”. Las entregas reflejan escenas sencillas pero poderosas: ancianos bajo el sol, madres con hijos en brazos y vecinos ayudando a acomodar los paquetes.
La bodega del banco en Zipaquirá, ciudad turística famosa por su Catedral de Sal, se llena de actividad diaria: separan tomates golpeados de los buenos, sellan cajas y montacargas recorren los pasillos mientras afuera el ruido del turismo contrasta con la rutina silenciosa de quienes preparan la carga destinada a los pueblos más pobres.
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Para la directora administrativa, Lida Plata, el crecimiento del banco, que pasó de atender 500 a 3.700 familias en menos de una década, fue posible gracias a la alianza con la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Ábaco) y la generosidad diaria de supermercados y panaderías locales. Plata enfatiza: “Haya o no haya donaciones, garantizamos que la gente reciba alimento”.
Cada mes, los beneficiarios reciben paquetes que incluyen alimentos básicos y kits de aseo, a precios accesibles entre 42.000 y 180.000 pesos (10 a 45 dólares). Las familias sin recursos acceden a programas de apadrinamiento, en los que otra familia cubre parte del costo. Aunque los contenidos varían según donaciones, muchos artículos son productos que los beneficiarios nunca habían visto.
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En un país donde se desperdician 9,7 millones de toneladas de alimentos al año y 14,4 millones de personas padecen inseguridad alimentaria, cada camión cargado de arroz, leche o pan resulta crucial. Los voluntarios y trabajadores sociales del banco identifican a las familias más vulnerables para que la ayuda llegue a quienes más lo necesitan, enfrentando retos como la pérdida de autosuficiencia en zonas rurales debido al conflicto armado y el cambio climático.
Diana Orduy, trabajadora social, destaca que el apoyo no se limita a la entrega de alimentos: “Intentamos ayudar de manera integral, buscando redes de salud o apoyos adicionales, especialmente en casos críticos de salud e higiene”. Así, el banco cumple un papel esencial en la lucha contra la inseguridad alimentaria y la pobreza en el centro de Colombia.
Fuente y foto: EFE


