Lo que hoy es un pilar del catolicismo surgió en la Edad Media como una alternativa para quienes no sabían leer ni entendían el latín.
El Ave María, cuya estructura actual fue oficializada hace cinco siglos, tiene un origen profundamente ligado a la humildad y la falta de instrucción de la época medieval. En aquellos tiempos, la gran mayoría de la población no podía seguir las lecturas bíblicas ni recitar los 150 salmos debido al analfabetismo y al uso exclusivo del latín en la liturgia. Como solución, los fieles comenzaron a memorizar saludos bíblicos sencillos, transformando lo que era una limitación educativa en la fórmula de devoción más extendida del mundo cristiano.
La oración se compone de dos partes con naturalezas distintas: una raíz bíblica y una construcción popular. Según explica el teólogo Vinícius Paiva, «la primera mitad es completamente bíblica», uniendo el saludo del ángel Gabriel en la Anunciación con las palabras de Santa Isabel durante la Visitación. Sin embargo, esta sección era originalmente solo un saludo sin petición. Con el tiempo, la piedad popular añadió una súplica que fue reconocida oficialmente por el papa Pío V en 1568, consolidando la frase: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores».
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El investigador Thiago Maerki señala que esta práctica fue especialmente común en los monasterios entre los religiosos que no sabían leer. «Algo muy típico de la gente sencilla: tomar pasajes memorizados, a menudo en latín, de celebraciones litúrgicas o lecturas de la misa, y usarlos para componer oraciones», afirma el especialista. Esta costumbre se trasladó a los laicos, quienes reemplazaron el complejo salterio por la repetición de 150 Ave Marías, dando origen al Rosario como una herramienta de conteo para evitar errores durante el rezo.
Hoy, el Ave María supera en frecuencia de uso incluso al Padre Nuestro en la devoción popular, debido a la estructura del Rosario donde se recitan diez saludos marianos por cada oración al Padre. Su éxito radica en una mezcla de profundidad teológica y extrema sencillez. Como define el sacerdote Rodrigo Natal: «Es una oración corta, fácil de recordar», que logró sintetizar dogmas complejos en una petición maternal que acompaña a los creyentes «ahora y en la hora de nuestra muerte».
Con información de BBC.


