En pleno siglo XVII, el gobernador Diego Marín de Negrón no solo toleró el contrabando y murió envenenado, sino que también intentó prohibir el consumo de mate por considerarlo un «vicio abominable». La historia detrás de un hábito que sobrevivió al poder, la Iglesia y el castigo público.
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En una Buenos Aires lejana, húmeda y fangosa, donde apenas vivían dos mil personas, todos esperaban a un gobernador “como la gente”: permisivo, complaciente con el contrabando y el comercio de esclavos. La represión de Hernandarias, nacido en Asunción en 1564 y primer criollo en llegar al poder colonial, había molestado a quienes vivían del negocio ilegal que florecía en el puerto.
Cuando en 1613 asumió el malagueño Diego Marín de Negrón, la ciudad celebró con corridas de toros y más esperanza de libertades económicas. Negrón entendió rápidamente que mantener los controles arruinaría no solo a los comerciantes, sino también su propia riqueza. Así fue como se asoció con un grupo de poderosos vecinos expertos en el contrabando. Lo que comenzó como permisividad terminó con su misteriosa muerte por envenenamiento y una red de corrupción que se extendía hasta el Alto Perú.
Sin embargo, Negrón no solo se ganó enemigos por el comercio. El 20 de mayo de 1613 firmó una prohibición insólita: el consumo de mate. Lo consideraba una práctica “sucia y ruina de la tierra”. Las penas eran severas: incautación de yerba, multas, cárcel y hasta la quema pública del producto. La yerba, considerada por los guaraníes un regalo divino de Tupá, estaba ahora condenada por la Iglesia y el poder colonial.
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Pese a los esfuerzos del Estado y el clero por erradicarlo, el mate no solo resistió, sino que se convirtió en símbolo cultural. Su promoción como producto regional fue impulsada dos siglos después por el caudillo guaraní Andrés Guacurarí y Artigas, quien en el siglo XIX fomentó su cultivo y comercialización en las Misiones. En su honor, desde 2014 cada 30 de noviembre se celebra el Día Nacional del Mate.
Lo que alguna vez fue considerado un “vicio demoníaco” se transformó en parte de la identidad nacional. El mate logró lo que no pudieron ni las cárceles coloniales ni el veneno del poder: sobrevivir y unir generaciones, pueblos y costumbres.
Fuente: Infobae
Foto: Archivo


