El 13 de enero de 2012 el crucero Costa Concordia protagonizó uno de los desastres marítimos más impactantes de la historia reciente en Europa. La embarcación encalló frente a la Isla de Giglio, en Italia, tras realizar una maniobra no autorizada que lo acercó peligrosamente a la costa. El accidente dejó 32 muertos y más de un centenar de heridos entre las más de 4.200 personas que viajaban a bordo.
El buque había partido ese mismo día desde el puerto de Civitavecchia para iniciar un recorrido turístico de siete días por el Mar Mediterráneo. Cerca de las 22 horas, cuando navegaba a unos 16 nudos, chocó contra un afloramiento rocoso que abrió una grieta de más de 50 metros en el casco. El impacto provocó la inundación de varios compartimentos, un corte general de energía y la pérdida total de control de la nave.
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La investigación posterior determinó que el capitán Francesco Schettino había decidido desviar el barco de su ruta para realizar el llamado “inchino”, una maniobra informal que consiste en acercarse a la costa como gesto de saludo para los habitantes locales. La acción no estaba autorizada por la naviera y terminó desencadenando la tragedia.
Los testimonios de pasajeros y tripulantes describieron escenas de pánico durante la evacuación. Muchos relataron que la información fue confusa y tardía, mientras que la inclinación del barco —que llegó a superar los 30 grados— dificultó el acceso a los botes salvavidas. Algunos sobrevivientes incluso se lanzaron al agua y nadaron hasta la costa para ponerse a salvo.
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La polémica también se centró en la conducta del capitán, quien abandonó el barco antes de que terminara la evacuación. Por ese hecho y otros cargos, Schettino fue condenado por la justicia italiana por homicidio involuntario y abandono de la nave. A más de una década del naufragio, el desastre del Costa Concordia sigue siendo un caso emblemático sobre errores humanos, fallas en los protocolos y los riesgos de la navegación moderna.
Fuente: Infobae.


