En lo de don Raúl, persona a la cual aún no conocía.
Salimos como a las 8 de la mañana, un día soleado, el neneo en flor perfumaba el aire, aquel día.
Iba toda la familia, los padres y cuatro niños, un varoncito y tres niñas.
Llevaban una bolsa con cubiertos, y otras cosas.
Yo un atado de cigarrillos y una caja de fósforos, Ranchera.
Fuimos caminando por las vías, a la par de un frondoso mallín, en donde pastaban ovejas, caballos y chivas.
Como a cinco kilómetros llegamos a un lugar, denominado cómo km. 39.
Esto se debe a los kilómetros que tiene el tendido de la vía partiendo desde Ingeniero Jacobacci como el km. 0.
Dicho trayecto tiene 402 km. Hasta la punta de riel que termina en Esquel
En ese km. 39 hay emplazado un hidrante para abastecer de agua a la trocha.
Lo provee una cisterna de cemento con una capacidad de unos 10000 litros de agua.
La toma de agua se localiza en un cerro, baja entubada hasta la cisterna.
Estaba colmada en su capacidad y tiene un desborde de 4 pulgadas que descarga el excedente y corre hasta el mallín cruzando por debajo de un puentecito.
El hidrante está enclavado a un costado de la vía, anclado a un cubo de cemento.
Tiene unos tres metros de altura, seis pulgadas de diámetro, un codo y un tramo de dos metros, y otro codo con una manga por donde descargan el agua al ténder de la trocha. Y es giratorio.
Probé el agua de la descarga de la cisterna, y no he vuelto a tomar un agua tan rica y tan fresca en mi vida.
Mientras estaba en ese lugar pude observar las ruinas de un antiguo campamento ferroviario, pude contar 6 unidades. Eran construcciones de piedra calzada, de unos 4 mts x 4 mts. de superficie cada módulo. Había algunos restos de vidrio y latas que quedaron como mudos testigos de quienes pasaron por allí.
Calculé que fue utilizado cuando construyeron el tendido de las vías férreas.
En aquella época se hacía a pico y pala. Movieron toneladas de suelos para hacer el terraplén.
Utilizando dinamita para abrir paso en los cerros.
Las obras de arte para hacer puentes y alcantarillas, que aún perduran. No hubo deshielo ni tormentas que movieran esas construcciones.
Había restos de carbonilla alrededor, que seguramente usaban como combustible para cocinar y calefaccionarse.
Muchos de aquellas personas de origen europeo que trabajaron en la construcción de las vías, se establecieron en Esquel.
Algunos pusieron despensa, otros bares, otro tenía una sodería, si mal no recuerdo.
Imagino que alguno de ellos estuvo en aquel campamento del km. 39.
Unos cientos de metros más adelante está el pozón.
Toda el agua que corría por el mallín desagotaba en este pozón, que cae verticalmente unos 20 metros encajonado entre las rocas.
Según la creencia del paraje el pozón no tiene fondo.
Desde arriba se veía el agua oscura, y una avutarda nadaba en él con seis pichones.
Me mostraron unas impresiones circulares en la roca basáltica que rodea el pozón.
Las había de distintos diámetros, algunas de 3” y hasta de 6”, perfectamente circulares.
Por aquí pasaron los animales, en la antigüedad, me dijeron.
En una de aquellas paredes verticales había impresas algunas pinturas rupestres, con colores anaranjados y rojos.
Esos dibujos que se ven en las artesanías mapuches.
Luego de un par de kilómetros, se oía el balido de la chivada encerrada, un poco más adelante apareció un frondosa arboleda de sauces y álamos, era un oasis enclavado en la meseta.
Una parcela que había sido quinta, rodeada de sauces y algunas plantas de grosellas en flor, un hilo de agua atravesaba ese predio.
Al costado de la quinta había un baño para bañar ovejas.
Algunos vehículos que habían llegado del pueblo estaban a la sombra.
Los recados de los gauchos que llegaron a caballo habían sido dejados en fila al costado de la quinta.
Los caballos embozados pastaban en el mallín.
La casa era una construcción de adobes, el techo de chapas estaba cubierto de neneo y tierra.
El frente tenía un puerta de ingreso a la cocina comedor, había dos puertas para los dormitorios traseros.
Las ventanas eran chicas.
Al frente había un galpón de adobes que era depósito general.
El baño estaba afuera
En un costado de la casa se estaban asando seis chivitos, el cocinero arrimaba las brasas con una varilla de sauce.
En la cocina las mujeres hacían panes, torta fritas, pastelitos,
En el corral de piedra se desarrollaba la famosa señalada.
Unos chicos oficiaban de agarradores. En un costado una mesa improvisada se descolgaba y se capaba a diente. Los cuchillos como aceite.
Los huevitos, o testículos, (no sé cómo nombrarlos creo que lo van a saber interpretar.) Los depositaban en una palangana enlozada.)
De vez en cuando le pegaban un pencazo a la caña de durazno.
A la una se terminó la tarea, el asado estaba listo.(El cocinero también).
La gente se acercaba al asador y de un tajo cortaban una porción con mucha habilidad.
Alguien me facilitó un cuchillo y mientras me encaminaba al asado iba calculando que parte podía cortar sin pasar la vergüenza de no saber.
Así que me le fui al cuarto, corté un poco y salí con la frente alta, era inútil, pero no boludo.
La bota circulaba entre los presentes, que la estrujaba a una distancia que dá el largo de los brazos, haciendo gorgoritos y un ruido sordo en el fondo de la garganta.
Cuando llegó a mis manos la separé unos centímetros de mi boca para que llegue un vino dulzón y agrio a bajar el chivito.
El pan tibio acompañaba la carne con ensalada de achicoria que brotaba libre en la quinta.
Luego del almuerzo llegaron pastelitos con dulce de membrillo, algunos tomaban vino, otros cerveza y las damas hacían correr una jarra enlozada con té, y una bombilla que compartían entre todas.
Después se armó la tabeada, fui a la cancha de taba.
Había un grupo en cada extremo, alguien arrojó la taba y cuando cayó, otro la pisó.
Las apuestas se depositaban en el centro de la cancha debajo de una piedra.
Las técnicas eran variadas, algunos se escupían las manos, otros las revolcaban en el suelo.
Las expresiones de gritos y carcajadas rompían la tarde.
Me invitaron a participar del juego, lo cual rechacé muy gentilmente.
(No podía ni escupir de seco.)
Un gaucho pulsó la guitarra interpretando algunas milongas.
Las mujeres armaron una mesa de rumi y no se levantaron más.
A la tardecita pusieron otros chivitos al asador, con otro cocinero.
El anterior estaba out.
La verdad es que comí de goloso, porque con el atracón del mediodía tenía para tres días.
Ya que venía a fideo y arroz desde que había llegado.
Cuando llegó la nochecita tendieron una frazada sobre una mesa, aparecieron unos dados y el cubilete y se armó el paso inglés.
Encendieron los chonchones, arrancó la cordiona y empezó el baile.
Echaban todo el entusiasmo en la pista entre chamamé y cumbias.
Algún sapucay de vez en cuando.
Una compañera docente me sacó a bailar.
Traté de imitar los movimientos de los otros, pero soy de madera.
Hice lo que pude, lo di todo, bah…
Pero sé que no fue suficiente.
A eso de las tres de la mañana emprendimos el regreso.
No sé de dónde sacaba tanta energía esta gente. Los veía caminar enteros, como si recién arrancaran.
Por mi parte no daba más, iba destruido.
Llegamos al paraje cuando estaba amaneciendo.
Llegué a la soledad de mi casa.
Fui a mi cama que estaba hecha un quilombo.
Lo cual no me molestaba en lo más mínimo, podía dormir perfectamente.
Alcancé a desvestirme para dormir diez horas de un viaje.
Escrito por: Héctor Julio Aguirre


