En la casa, su mujer y su hijo lo habían esperado con ansiedad, aunque ninguno lo había demostrado. La madre, para no esperanzar al niño y porque el asunto la inquietaba y entristecía; y Luca, para no ilusionarse de más.
Cuando regresó, dejó los documentos sobre la mesa, se sacó el traje y la mascarilla y los guardó en el tacho plástico del cuarto de descontaminación. Vio la comida sobre la mesa y miró la hora. Era tarde y su familia dormía. Se dio una ducha cortita, como todas las que se había dado en los últimos años, y se asomó a la pieza de Luca. Dormía. Abrió despacio la puerta de su habitación. Su mujer también dormía. Cerró sin hacer ruido. El hambre lo llamaba.
Comió las zanahorias y la pata de pollo en pocos minutos. Bebió dos sorbos de agua. Al terminar abrió una de las últimas botellitas de licor que le quedaban y se la tomó del pico, despacito y satisfecho, disfrutando el calor que le bajaba por la garganta. Entró al cuarto, se acostó y su mujer se movió. Sabía que estaba despierta pero no quería decirle nada. Que creyera que él pensaba que dormía, así no hablaban del asunto hasta la mañana siguiente.
Se quedó en silencio, mirando el frasco con agua que tenía sobre la mesita de luz. Luca, pensó, mañana es tu día. Recordó el sabor salado y la arena entre los dedos. La brisa que traía el aroma de las rabas y de los langostinos fritos y el olor del puerto. La música del puestito de licuados y las voces y risas de la gente charlando en sus reposeras. Las olas, incesantes, y su ritmo, que lo llevaban por divagaciones existenciales y también banales. Los libros que había leído bajo los rayos del sol. Todo eso ahora guardado en un frasco. No quedaba nada más.
Al rato se dio cuenta de que estaba despierto hacía mucho y que iba a ser complicado conciliar el sueño. La ansiedad que habían sentido en su ausencia y que había circulado por la casa durante todo el día lo había estado esperando para cargarse en él apenas se acostara y tratara de dormir. Igual se quedaría acostado; necesitaba descansar como fuera.
Su mujer se levantó en la oscuridad y él la imitó. Acompasó su respiración y se quedó quieto escuchando a su esposa. Oyó el fósforo encendiéndose y no aguantó seguir así. Cuando levantó la cabeza y abrió los ojos, su mujer miraba el cuadro de Nina en el altar, los lirios blancos artificiales y la cinta azul que su hija llevaba en la cintura el último día que estuvo con ellos, el de su partida.
– Clara… – la llamó en un susurro.
– Hola…, pensé que dormías.
– Sí.
– No quiero que me digas nada, Esteban.
– Mañana.
– ¿Mañana?
Su mujer volvió la mirada hacia el altar y acarició el retrato con las puntas de los dedos.
– Bien –le dijo-. Mañana entonces.
No tenía nada más que decirle. No había lugar para más discusiones. Los argumentos ya habían sido expuestos en su momento y Clara se lo había tomado bien, sin más ánimos que colaborar con la sumisión de quien no tiene más nada que hacer ante la realidad. No se sentía derrotada, sabía que el día llegaría y que Luca se lo merecía. Era un buen niño y no era justo que viviera así. Debía dejar de lado sus miedos y preocupaciones para que su hijo fuera feliz, aunque quedaran de él momentos de
dicha, recuerdos inolvidables y su foto en un nuevo altar. Lo otro, lo que pasara con él después de eso, era algo imposible de evitar y sabía que no debía pensar en esas cosas.
Al otro día, Luca lo despertó sacudiéndole suavecito el hombro. – Papá ¿cómo te fue?
– ¿Y mamá? – le preguntó él sobresaltado.
– Está en la pieza de Clara y tiene esa cara, ya sabés.
– Bien. Bueno, tenemos el permiso.
Su hijo abrió grandes los ojos y se irguió por completo, separando su cuerpo del acolchado de la cama de sus padres.
– ¿Cuándo, Pa?
– Hoy, Luca, hoy.
Luca sonrió y corrió a abrazarlo con fuerza.
Cuando pudo separarse de su hijo, le pidió que fuera a prepararse, que al mediodía debían estar en la puerta con todas las cosas listas.
Luca salió corriendo hacia su cuarto y él se dejó caer sobre la almohada sintiendo una felicidad extraña y dolorosa.
Para el mediodía ya tenían todo listo. Estaban cambiados y Clara revisaba el bolso de Luca para saber si no se le había olvidado nada. Hacía eso para no mirar a su hijo y largarse a llorar.
– Mamá, ya está todo, quedate tranquila –le dijo él y con sus dedos le despeinó el flequillo. Ella se rió porque sabía que era la última vez que le hacía eso que tanto le molestaba y porque era su forma de decirle lo mucho que la quería y lo que la iba a extrañar.
– Te quiero, hijo. Cuidate mucho ¿dale?
– Siempre, Mami. ¿Me vas a hacer uno como el que tiene Nina?
– Sí, al lado del de ella.
– Gracias, Ma, te amo –le dijo mientras la abrazaba con fuerza.
Clara los acompañó hasta la puerta. Entraron al cuarto de adaptación, se pusieron las mascarillas y salieron a esperar el micro.
A las doce y media, una mujer, la encargada de los traslados, bajó de un salto los escalones del micro y les abrió el compartimento de equipaje. Luego los acompañó hasta el interior del micro y les indicó dónde debían sentarse.
Adentro estaba casi lleno, cada par de asientos llevaba a un padre y su hijo, casi todos de la edad de Luca. A pesar del silencio, se podía sentir que el ánimo era de esperanza y nerviosismo.
El viaje fue rápido, o al menos así lo sintieron todos, y cuando la mujer les indicó que debían descender lo hicieron con calma y en orden. Cada padre recogió el bolso de su hijo y se fueron ubicando en la fila con la distancia que exigían las vallas y las señales amarillas pintadas en el piso para ser atendidos por los agentes de Admisiones.
Cuando les tocó a ellos, en la sala los recibieron dos hombres que les indicaron que pusieran el bolso de Luca, los permisos y documentos anexos sobre la mesa. Uno de los hombres revisó con un scanner el interior del equipaje de Luca y el otro chequeó la documentación en su laptop. Al finalizar, les sellaron los papeles y Luca recibió una pulsera verde con el código asignado.
Lo último era la revisación médica y ahí tuvieron que esperar un buen rato. El tipo que los atendía se tomaba su tiempo y los nervios se transformaron en un silencio eléctrico y acechante. Luca estuvo media hora en el consultorio y salió tranquilo y sonriente. Estaba todo bien.
Ya afuera sintieron que el viento había rotado, de norte a sur, trayendo un murmullo que Luca desconocía.
– ¿Qué es eso, Pa? – le preguntó mirando el cielo.
– El ruido del mar, hijo.
– Parece una tormenta.
– Sí ¿no? Es algo así, ya lo vas a ver.
Nina se había ido hace unos años y su ausencia en la casa se había sentido al comienzo. Después todo volvió a su ritmo habitual y cada uno siguió con sus cosas, aunque no hubiera mucho para hacer: Luca tomaba sus clases con unos cuadernillos que le resultaban aburridísimos, Clara repartía su jornada entre el trabajo en el invernadero y los estudios sobre el viento y la energía eólica, y Esteban entrenaba por la mañana y pasaba en limpio los informes del banco de alimentos del área 76. Compartían el resto del día escuchando la música que pasaban por la radio estatal y jugando a las cartas y a los dados. También leían los libros que les dejaban todos los meses y que podían ser buenísimos o aburridísimos, según lo que les tocara en ese sistema de lectura rotativa y azarosa que habían implementado a través de las bibliotecas móviles.
Esteban y Clara sabían que su hijo iba a preguntar en algún momento. Y apenas supo lo que había pasado con Nina, Luca pidió explicaciones y no pudieron mentirle, porque no querían y porque no estaba permitido; si él quería saber y deseaba seguir los pasos de su hermana ellos no podían hacer nada, debían aceptar sus deseos y acompañarlo en todo lo que necesitara.
– ¿Y cómo es? – preguntó al terminar de escuchar el relato de sus padres. – Es enorme, gigante… – le dijo su padre.
– Pero es hermoso. Yo podía pasar horas mirándolo – agregó su mamá. – ¿Me lo pueden dibujar? – les pidió a sus padres.
Esteban tomó una hoja y trazó unas líneas ondulantes que su hijo miró sin entender. La madre trató de explicarle sobre las olas, sus movimientos, las mareas y su relación con la luna, pero Luca miraba la hoja y a su madre con la misma cara de incomprensión.
– Pero es hermoso ¿verdad?
– Si, hijo, no te mentimos – le respondió su padre.
– ¿No me va a dar miedo?
-Es posible, pero en el fondo no hay nada que temer – le dijo su madre y lo tomó de la mano, mientras Esteban hacía lo mismo con la otra.
-¿Por qué no lo veo? –preguntó Luca mientras esperaban el permiso para ir por el camino que los llevaría hasta la costa.
-Desde acá no se ve, tenemos que pasar esas dunas y ahí recién aparece. Les abrieron las barreras y todos los padres con sus hijos se pusieron en marcha al mismo tiempo. Algunos caminaban despacito, disfrutando el momento, y otros corrían de la mano de sus padres gritando de alegría. Luca se quedó parado, apoyado sobre el cuerpo de su padre, esperando que todos avanzaran.
Esteban lo miró, lo tomó de la mano y el niño se dejó llevar.
El color del mar apareció pasando las dunas, tal como su padre le había dicho. Como todo lo nuevo, le llamó la atención y sintió en su estómago la emoción del descubrimiento. A medida que se fueron acercando, los colores -el azul, el verde y el gris, según cómo cayera el sol sobre el agua- fueron creciendo, al igual que los
recuerdos que asaltaban a Esteban –de su infancia, del desastre y la falta de aire, de la despedida con Nina– y la velocidad de los pasos de Luca, ansioso por llegar. El viento era feroz y parecía que les iba a arrancar las mascarillas de un momento a otro. No se habían dado cuenta, absortos en sus pensamientos y en el paisaje, y ya pisaban la arena. La costa se extendía para ambos lados, hacia el golfo y hacia los médanos, y parecía infinita.
Se acercaron hacia la plataforma en donde debían despedirse y Luca se aferró al brazo de su padre. Sin soltarlo, esperando el momento, Luca le dijo: -Estoy mareado, Pa.
-Ya pasa, hijo, es el mar.
Esteban lo dejó irse y vio cómo se sumergía. A los pocos minutos, se escucharon las sirenas que indicaban que debía regresar. Antes de partir, se quedó un rato mirando el agua, buscando las burbujas que ya no estaban.
Escrito por: Gonzalo Hidalgo


