La manera en que cada persona organiza un viaje, ya sea con planificación detallada o dejándose llevar por la improvisación, puede reflejar distintos rasgos de personalidad y formas de enfrentarse a lo desconocido, según especialistas.
La psiquiatra y psicoanalista Patricia O’Donnell explicó que quienes prefieren planificar meticulosamente cada paso del viaje buscan seguridad y control, anticipando visitas, comidas y recorridos. “Los preparativos previos y la ilusión que generan generan una disposición interior positiva, iniciando ya el viaje antes de partir”, señaló la especialista. Por el contrario, los viajeros espontáneos se abren a la sorpresa y a lo inesperado, lo que puede potenciar emociones nuevas, creatividad y redescubrimiento personal.
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El neurocientífico Claudio G. Waisburg remarcó que viajar deja una “huella de fuego” en el cerebro. “Los desafíos y lo desconocido aumentan la capacidad de incorporar conocimientos y consolidar aprendizajes. Las experiencias nuevas y motivantes marcan nuestra corteza cerebral de manera duradera”, afirmó.
O’Donnell también señaló que la historia de Sigmund Freud ejemplifica los beneficios de la planificación: el psicoanalista dedicaba años a estudiar cada detalle antes de visitar lugares como Pompeya o Roma, desde rutas y horarios hasta literatura especializada. Para Freud, organizar el viaje era parte de un proceso de aprendizaje y apertura mental.
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Finalmente, los especialistas destacaron que no existe un estilo único: algunos alternan entre planificación y espontaneidad según el destino o el ánimo, y registrar la experiencia, sea para compartirla o para conservar recuerdos, también impacta en la vivencia personal. “Cada viaje es una oportunidad para explorar el mundo y nuestro universo emocional, despertando creatividad y sensibilidad”, concluyó O’Donnell.
Fuente: Infobae.


