Un estudio interdisciplinario reveló que el año 536 marcó el inicio de una de las mayores catástrofes globales: erupciones volcánicas, hambruna, pestes y una larga oscuridad sumieron al mundo en una crisis sin precedentes.
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Aunque muchos consideran que los peores años de la historia reciente fueron 2020 con la pandemia de COVID-19 o 1939 con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, historiadores y científicos coinciden en que el verdadero punto más bajo de la humanidad fue el año 536 d.C.
Según un estudio liderado por el historiador de Harvard Michael McCormick y publicado en Antiquity, ese año comenzó con una erupción volcánica colosal en el hemisferio norte que lanzó tanta ceniza a la atmósfera que bloqueó la luz solar durante más de un año. Europa, Asia y Oriente Medio quedaron sumidas en una penumbra constante. Los testimonios contemporáneos describen un sol apagado, cielos grises y temperaturas heladas, que provocaron la pérdida de cosechas y una hambruna extendida.
Las evidencias científicas provienen de núcleos de hielo recolectados en los Alpes suizos, donde se encontraron partículas de vidrio volcánico compatibles con una erupción en Islandia. Al mismo tiempo, estudios dendroclimáticos revelan que los anillos de crecimiento de los árboles muestran un marcado descenso en las temperaturas durante ese periodo.
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A este invierno volcánico se sumaron dos nuevas erupciones, en 540 y 547, que profundizaron la crisis climática y dieron origen a lo que los expertos llaman la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía. En 541, llegó la peste bubónica, conocida como la Plaga de Justiniano, que diezmó al Imperio Romano de Oriente, con una mortalidad de hasta el 50% de la población en algunas regiones.
Sin embargo, la catástrofe no afectó a todos por igual. Mientras el Mediterráneo se hundía en el caos, la Península Arábiga experimentó lluvias excepcionales que favorecieron el crecimiento vegetal. Este cambio, sumado al debilitamiento de los imperios vecinos, permitió la posterior expansión del naciente Imperio Árabe.
Otras sociedades, como las comunidades anasazis del suroeste de Norteamérica, no solo sobrevivieron, sino que se adaptaron con innovaciones cooperativas como la domesticación de pavos y el intercambio de saberes para afrontar las nuevas condiciones ambientales.
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Gracias al avance de la ciencia climática, hoy podemos reconstruir lo que ocurrió en 536 con notable precisión. Técnicas como la dendroclimatología y el análisis de capas glaciares han reemplazado las conjeturas por datos concretos, revelando cómo un evento volcánico puede alterar el curso de la civilización.
Así, el año 536 no solo se distingue por su sufrimiento, sino por lo que nos enseña sobre la resiliencia humana. A pesar de la oscuridad literal y simbólica, muchas sociedades resistieron y evolucionaron, dejando una lección crucial para nuestro presente.
Fuente y foto: DW


