El descubrimiento en la Antártida en 1985 marcó un antes y un después en la protección ambiental. Cuatro décadas después, se evidencian logros del Protocolo de Montreal, aunque persisten desafíos y el agujero aún no se ha cerrado.
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En mayo de 1985, un grupo de científicos del British Antarctic Survey detectó un fenómeno que conmocionó al mundo: el agujero en la capa de ozono sobre la Antártida. Este hallazgo, publicado en la revista Nature, reveló el grave deterioro de esta barrera natural que protege la vida en la Tierra de la radiación ultravioleta del sol. A 40 años de ese descubrimiento, se evalúan los avances alcanzados, los desafíos pendientes y el impacto de la acción internacional liderada por el Protocolo de Montreal.
La capa de ozono, ubicada en la estratosfera, actúa como un escudo esencial para la salud humana y los ecosistemas. Su adelgazamiento, provocado principalmente por los clorofluorocarbonos (CFCs) presentes en aerosoles, refrigerantes y disolventes, incrementó el riesgo de cáncer de piel, daños oculares y alteraciones en la biodiversidad. Los científicos Dominic Hodgson y Jon Shanklin, protagonistas de aquella investigación inicial, recuerdan hoy cómo ese descubrimiento encendió la alarma global.
La respuesta no tardó: en 1987 se firmó el Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional que estableció la eliminación progresiva de los químicos responsables de la destrucción del ozono. Considerado uno de los tratados ambientales más exitosos de la historia, permitió reducir significativamente las emisiones de CFCs y evitó millones de casos de enfermedades relacionadas con la exposición a la radiación ultravioleta.
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Sin embargo, a pesar de la acción global y los signos de recuperación, el agujero en la capa de ozono persiste cada primavera en el hemisferio sur. Según datos del British Antarctic Survey, se espera que la restauración total no ocurra antes de 2070 debido a la larga permanencia de los CFCs en la atmósfera. Además, el cambio climático podría estar enlenteciendo el proceso, según advirtió Shanklin, quien también criticó la lentitud y falta de compromiso frente a otros desafíos ambientales como el calentamiento global.
El 40º aniversario del descubrimiento es un recordatorio de que la ciencia, la cooperación y la voluntad política pueden cambiar el rumbo ante amenazas globales. Pero también plantea una pregunta urgente: ¿seremos capaces de aplicar las lecciones del agujero de ozono para enfrentar el cambio climático con la misma eficacia?
Fuente: Infobae
Foto: Archivo


