En 1793, la Revolución Francesa intentó jubilar el sistema de 60 minutos por uno basado en el número 100. La iniciativa, que buscaba la «racionalidad absoluta», terminó en un caos logístico que duró apenas un año.
En octubre de 1793, en plena efervescencia de la joven República Francesa, los revolucionarios decidieron que el tiempo también debía ser «lógico». Bajo la premisa de simplificarlo todo al sistema métrico, decretaron que el día pasaría a tener 10 horas, cada hora 100 minutos decimales y cada minuto 100 segundos. Esta apuesta por la métrica pura pretendía borrar de un plumazo la herencia tradicional y religiosa en la organización de la vida cotidiana.
Este cambio no fue solo un ejercicio teórico. Se instalaron relojes decimales en los ayuntamientos y las actividades oficiales comenzaron a regirse por este nuevo cronómetro. El plan formaba parte de un calendario revolucionario más amplio que incluso eliminó la semana de siete días por una de diez (la «década»), buscando una estructura secular que aislara a Francia de las costumbres de sus vecinos europeos.
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Sin embargo, la utopía matemática chocó rápidamente con la realidad técnica. Como señala Finn Burridge, divulgador de los Museos Reales de Greenwich, la transición provocó un sinfín de quebraderos de cabeza. Rediseñar y adaptar la maquinaria de los relojes existentes resultó ser una tarea extremadamente costosa y compleja, lo que dificultó que la población pudiera seguir el ritmo de la nueva normativa horaria.
La resistencia más fuerte, no obstante, provino del sector rural. La población detestaba la semana de diez días porque significaba trabajar nueve jornadas seguidas para tener un solo día de descanso, en lugar del reposo cada siete jornadas. Esta pérdida de tiempo libre, sumada al aislamiento comercial que sufría Francia al manejar un horario distinto al del resto del mundo, minó la moral ciudadana.
Tras poco más de un año de experimentos fallidos, el sistema decimal fue abandonado, regresando a la estructura de 24 horas y 60 minutos que heredamos de las civilizaciones antiguas. Al final, la costumbre y la practicidad demostraron ser más fuertes que el deseo de convertir cada segundo en una cifra redonda, recordándonos que el tiempo humano no siempre responde a la lógica de los números.
Con información de BBC.


