En septiembre se incendiaron más de 30.000 hectáreas en el Delta del Paraná, una superficie que equivale a casi 180 veces el Parque Independencia de Rosario. Los focos, que afectaron a vastas zonas de islas, habrían sido provocados de manera intencional para el manejo de pastizales.
El ingeniero agrónomo Néstor Di Leo explicó que esta práctica busca “quitar el exceso de biomasa” y así favorecer la aparición de brotes nuevos, con el objetivo de “mejorar la performance forrajera”. Sin embargo, advirtió que el beneficio es mínimo en comparación con los graves daños ambientales y sanitarios que generan estas quemas indiscriminadas.
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Lo llamativo es que, pese a que septiembre presentó un aumento en el nivel del río Paraná y mayores precipitaciones —condiciones que deberían haber reducido los incendios—, la superficie quemada superó igualmente las 30.000 hectáreas. “Cuando hay una ventana de varios días sin lluvia y la biomasa se seca, se prende fuego para limpiarlo”, detalló el especialista.
La consecuencia inmediata de este ciclo es que, tras las lluvias, la vegetación rebrota, aumentando la disponibilidad de pasto. Sin embargo, el impacto negativo es mucho mayor: humo en las ciudades ribereñas, deterioro del suelo, pérdida de biodiversidad y riesgos graves para la salud de la población. Rosario ya ha reportado un aumento de problemas respiratorios y hasta de infartos vinculados a la inhalación de humo.
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“Es más barato usar un fósforo que implementar técnicas sustentables, pero hay alternativas mucho más inteligentes y con menor impacto ambiental”, subrayó Di Leo. Entre ellas, se mencionan el manejo rotativo de pasturas, la siembra de especies adaptadas y el control mecánico de biomasa, opciones que podrían reemplazar a las quemas sin generar un daño tan profundo en el ecosistema del Delta.
Fuente: Cadena 3.


