En Good Boy, el director y guionista Ben Leonberg se sumerge en un enfoque original del cine de terror: mostrar los eventos desde la perspectiva de un perro. Indy, un retriever de Nueva Escocia y mascota del propio director, es el protagonista que percibe presencias malignas que los humanos no pueden ver, generando un suspenso constante y una conexión emocional inmediata con el espectador.
La historia sigue a Todd, interpretado por Shane Jensen, quien tras una estadía en el hospital se traslada a la antigua cabaña familiar en Nueva Jersey junto a Indy. Allí, el perro detecta sombras y entidades vinculadas a la trágica historia de la familia, mientras los humanos permanecen ajenos al peligro, multiplicando la sensación de indefensión típica de las historias de casas embrujadas.
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Leonberg, además de dirigir y escribir, se encargó de la fotografía y el montaje, adoptando una cámara baja que sitúa al público casi al nivel del perro. Esta elección técnica intensifica la empatía hacia Indy, mostrando sus reacciones auténticas de miedo e instinto protector, sin dotarlo de capacidades humanas que rompan la verosimilitud.
Aunque la narrativa fragmentada y la duración breve de 73 minutos limitan el desarrollo de la trama y repiten situaciones hacia la mitad del film, la propuesta mantiene su originalidad y ofrece momentos de tensión efectivos. La atención al realismo animal y la perspectiva única hacen que la película destaque en un género saturado de clichés.
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En definitiva, Good Boy propone una vuelta de tuerca al cine de casas embrujadas, donde el verdadero héroe es un perro cuya vulnerabilidad y lealtad generan un vínculo emocional que atrapa al espectador de principio a fin, consolidando a Indy como una de las actuaciones más memorables del año.
Fuente: La Nación.


