Durante años, el Merlot fue el vino tinto más bebido del planeta. Nacido en Burdeos, Francia, su suavidad, aromas a frutas oscuras y textura aterciopelada lo convirtieron en favorito de expertos y aficionados. Sin embargo, su popularidad lo llevó al exceso: la sobreproducción mundial y la imagen negativa que dejó la película Sideways (2004) lo relegaron al olvido durante casi dos décadas.
Hoy, el Merlot vuelve a renacer en copas y bodegas, impulsado por un movimiento que busca reivindicar su nobleza. En la Argentina, representa cerca del 1,7% de la superficie plantada, con un fuerte protagonismo en el Valle de Uco, la Patagonia y nuevos terruños como Chañar Punco, en Catamarca. En estos suelos, logra tintos de fruta madura, notas balsámicas y taninos sedosos, muy distintos a los estilos sobrecargados del pasado.
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Los enólogos explican que el Merlot no tolera bien el calor extremo, lo que complica su maduración. Por eso, las regiones templadas del país se convirtieron en aliadas ideales para expresar su carácter elegante. Cada botella refleja matices únicos según el terroir: en piedra caliza se vuelve más perfumado, mientras que en suelos arenosos gana suavidad.
Además, la tendencia global se orienta hacia vinos más frescos y balanceados, que respetan la identidad del varietal. Las bodegas argentinas —como Catena Zapata, Pulenta Estate o Del Fin del Mundo— están logrando Merlots que combinan potencia y finura, con un perfil que conquista tanto al público local como al internacional.
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En este Día Internacional del Merlot, los especialistas coinciden en que el varietal ha recuperado su lugar entre los grandes vinos del mundo. Su historia demuestra que las modas pasan, pero la calidad y la autenticidad permanecen. El Merlot, el tinto que fue estrella, olvidado y renacido, brinda hoy por su propio regreso.
Fuente: Infobae.


