Expertos advierten que la tecnología puede revolucionar diagnósticos y tratamientos, pero enfrenta obstáculos económicos.
La resistencia a los antibióticos se consolida como una de las mayores amenazas sanitarias a nivel global. Según estimaciones recientes, provoca más de un millón de muertes al año y contribuye a millones más, en un escenario que preocupa a organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud. En este contexto, la inteligencia artificial aparece como una herramienta con potencial para cambiar el rumbo.
Durante la conferencia WIRED Health, el cirujano británico Ara Darzi señaló que la IA podría transformar el modo en que se diagnostican y tratan las infecciones resistentes. “Ahora mismo, en 2026, nos encontramos en el primer punto de inflexión real de esta crisis”, afirmó.
Uno de los principales problemas actuales es que los diagnósticos tradicionales pueden tardar entre dos y tres días, lo que obliga a los médicos a tomar decisiones basadas en estimaciones. En enfermedades críticas como la sepsis, ese tiempo resulta determinante, ya que cada hora de demora en el tratamiento aumenta significativamente el riesgo de muerte.
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En este escenario, los sistemas basados en inteligencia artificial permiten acelerar los procesos con altos niveles de precisión. Según Darzi, estos diagnósticos pueden superar el 99% de exactitud sin necesidad de infraestructura adicional, lo que los convierte en una herramienta clave, especialmente en zonas con menos recursos.
Además, la IA no solo mejora el diagnóstico, sino que también abre la puerta al desarrollo de nuevos medicamentos. Proyectos conjuntos entre el sistema de salud británico y Google DeepMind ya lograron identificar mecanismos de resistencia bacteriana en apenas 48 horas, un avance que anteriormente llevaba años de investigación.
Sin embargo, el desarrollo de nuevos antibióticos enfrenta un problema estructural: la falta de incentivos económicos para las farmacéuticas. Como estos medicamentos deben usarse con cautela para evitar nuevas resistencias, no generan grandes volúmenes de venta, lo que desalienta la inversión en investigación.
Ante este panorama, algunos países comenzaron a ensayar modelos alternativos de financiamiento, como pagos fijos por acceso a antibióticos, independientemente de su uso. Para Darzi, el desafío no es tecnológico sino político y económico: “La cuestión que determinará la forma de la medicina en los próximos 100 años no es si tenemos las herramientas para responder. Sí las tenemos”.
Con información de WIRED.
Foto: Henrikas Mackevicius.


