Durante años, la resiliencia fue entendida como la simple capacidad de sobreponerse a la adversidad. Sin embargo, la psicología contemporánea amplió esa definición y la vincula con procesos de regulación emocional y cognitiva que permiten atravesar situaciones complejas sin quedar atrapado en el estrés crónico o la ansiedad. No se trata solo de resistir, sino de adaptarse de manera saludable.
De acuerdo con especialistas en salud mental, existen tres cualidades centrales que caracterizan a las personas resilientes. La primera es la tolerancia al malestar momentáneo: aceptar emociones incómodas como parte natural de la experiencia humana, sin intentar eliminarlas de inmediato. Esta habilidad reduce la reactividad emocional y favorece decisiones más reflexivas.
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La segunda capacidad es evitar conclusiones apresuradas frente a escenarios ambiguos. Las personas resilientes suelen postergar juicios hasta contar con información suficiente, lo que disminuye interpretaciones catastróficas o distorsionadas. Desde la perspectiva cognitiva, esta práctica limita sesgos y pensamientos automáticos negativos.
En tercer lugar, la regulación de impulsos resulta determinante. Esto implica no buscar alivio inmediato a través de distracciones constantes o validación externa. En términos clínicos, supone desarrollar autocontrol y conciencia emocional para no responder de manera automática ante el malestar.
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Diversas investigaciones sobre regulación emocional coinciden en que la tolerancia a la incertidumbre es un predictor clave de estabilidad psicológica. Cuando una persona acepta que no siempre tendrá respuestas inmediatas, disminuye la ansiedad anticipatoria y mejora su capacidad de adaptación. La resiliencia, concluyen los expertos, no es un rasgo fijo: es una competencia que puede fortalecerse con entrenamiento y experiencia.
Fuente: TyC Sports.


