Foto: Maike Friedrich (Patagonia Azul).
Investigadores del Proyecto Patagonia Azul confirman que estos cetáceos regresan cada año al Golfo San Jorge, consolidando un corredor biológico clave entre Brasil y la Antártida.
Las ballenas jorobadas, antes visitantes esporádicas en el mar chubutense, ahora regresan cada verano. Desde 2019, investigadores del Proyecto Patagonia Azul identificaron más de 140 individuos en el norte del Golfo San Jorge.
Cada ballena es reconocida por su aleta caudal, única como una huella digital. Algunas, como la conocida MN-4, regresan cada temporada. “Cuando llega, sentimos que todo vale la pena”, cuenta Ignacio Gutiérrez Galván, coordinador del proyecto.
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Estas ballenas no solo pasan: se quedan. Se alimentan, descansan y socializan. Con sus saltos y cantos, convierten a Chubut en un escenario privilegiado entre octubre y marzo.
Los científicos también registran sus vocalizaciones con hidrófonos submarinos. Las grabaciones permiten analizar comportamientos y posibles rutas migratorias. “Algunas ballenas llegan desde Brasil, pasan por Chubut, el Canal de Beagle y llegan hasta la Antártida”, explica Gutiérrez.
Este hallazgo sugiere una ruta migratoria costera poco conocida, donde Chubut cumple un rol clave. Por eso, la Legislatura provincial declaró a la ballena jorobada como Monumento Natural, reforzando su protección legal.
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Además, se suman áreas marinas protegidas donde se prohíben actividades extractivas. Estas medidas fortalecen el ecosistema y protegen a otras especies que comparten hábitat con las jorobadas.
Lo que antes era una aparición ocasional, hoy es una presencia constante. Un nuevo tesoro natural que enriquece la biodiversidad de la Patagonia y reconfigura el mapa migratorio del Atlántico Sur.


