Lo que comenzó como un malestar leve luego de una fiesta, terminó siendo el inicio de un diagnóstico devastador para Kieran Shingler, un joven británico de 26 años, activo, deportista y sin antecedentes clínicos. Los síntomas —dolor de cabeza, congestión y debilidad— fueron atribuidos en un principio a una gripe, pero en pocas semanas su salud se deterioró al punto de requerir hospitalización.
Tras varios estudios, los médicos descubrieron que el joven tenía un tumor cerebral de grado 3, específicamente un astrocitoma, un tipo agresivo y maligno. Fue necesaria una operación de urgencia para aliviar la presión intracraneal y tomar muestras del tumor. La noticia sacudió a su familia y a su entorno, especialmente a su pareja, Abbie Henstock, quien lo acompañó durante todo el proceso.
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Kieran fue sometido a 30 sesiones de radioterapia y quimioterapia, que lograron reducir el tamaño del tumor de 5,5 a 0,35 centímetros. Sin embargo, el alivio fue transitorio: el tumor volvió a crecer y se le indicó una nueva droga, lomustina, hasta que complicaciones hepáticas obligaron a interrumpir el tratamiento.
La historia de Kieran generó un gran impacto en la comunidad local. Amigos y familiares impulsaron una red solidaria llamada «Kieran’s Krew», que recaudó más de 57.000 libras esterlinas para costear terapias complementarias como oxigenoterapia y luz roja, y apoyar la investigación de tumores cerebrales.
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“Tuve miedo, me enojé y siempre me pregunté por qué”, expresó Kieran. La suya es una historia que expone cómo un cuadro aparentemente leve puede esconder una enfermedad grave. Su caso también visibiliza la importancia del diagnóstico temprano y del acompañamiento en contextos tan complejos como el cáncer cerebral.
Fuente: Infobae.


