La creencia de que las mujeres tienen la vejiga más pequeña que los hombres ha alimentado chistes culturales y quejas en viajes familiares durante décadas.
Sin embargo, desde el punto de vista médico, las vejigas femeninas y masculinas tienen capacidades similares: entre 400 y 600 mililitros. La frecuencia urinaria femenina responde a una combinación de factores físicos, hormonales y sociales que van más allá del volumen de almacenamiento.
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Desde el punto de vista anatómico, la vejiga femenina comparte espacio con el útero y la vagina, lo que reduce su margen de expansión y puede generar urgencia más rápidamente. Además, durante el embarazo, el útero presiona directamente sobre la vejiga, lo que explica las idas constantes al baño en los últimos meses de gestación.
También influyen el estado del suelo pélvico, que puede debilitarse tras el parto o con la edad, y las infecciones urinarias, mucho más comunes en mujeres debido a la uretra más corta. Estos factores aumentan la sensibilidad vesical, generando la necesidad de orinar con más frecuencia.
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A ello se suman hábitos sociales aprendidos desde la infancia, como ir al baño “por si acaso” o evitar baños públicos por higiene, lo que puede alterar la capacidad de la vejiga a largo plazo. En contraste, a los varones se les suele enseñar a “aguantar más”, lo que contribuye a una mayor tolerancia vesical.
Por eso, aunque el tamaño de la vejiga sea similar, las mujeres enfrentan limitaciones físicas, hormonales y culturales que condicionan su relación con el baño. Técnicas como el entrenamiento vesical y los ejercicios del suelo pélvico pueden ayudar a mejorar el control urinario, desmitificando la idea de que todo se debe a “falta de voluntad”.
Fuente: BBC.
Foto ilustrativa: PEXELS


