El fenómeno ocurre cuando partículas del viento solar chocan con la atmósfera terrestre, generando luces de colores que pueden verse incluso lejos del Ártico.
Durante los últimos meses, las auroras boreales iluminaron los cielos de América del Norte con tonos verdes, rosados y violetas visibles incluso desde el sur de Estados Unidos. Este fenómeno natural ocurre cuando partículas cargadas del Sol impactan la atmósfera de la Tierra, especialmente durante periodos de alta actividad solar, como el actual ciclo que alcanzó su punto máximo en 2025.
El viento solar está compuesto por electrones y protones que viajan a gran velocidad desde el Sol. Cuando estas partículas alcanzan el campo magnético terrestre, lo deforman y se dirigen hacia los polos, donde colisionan con gases atmosféricos como el oxígeno y el nitrógeno, que emiten luz en distintos colores. El verde y el rojo provienen del oxígeno, mientras que el azul y el violeta se deben al nitrógeno.
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Cada 11 años, el campo magnético solar se invierte, generando más erupciones y eyecciones de masa coronal. Estas explosiones expulsan enormes cantidades de plasma hacia el espacio, y cuando alcanzan la Tierra, provocan tormentas geomagnéticas capaces de intensificar las auroras. Según expertos, este tipo de eventos podría continuar hasta 2026, produciendo espectáculos lumínicos de una magnitud no vista en siglos.
Sin embargo, las consecuencias no siempre son inofensivas: las tormentas solares también pueden dañar satélites, interrumpir las comunicaciones e incluso alterar redes eléctricas en la Tierra. De hecho, registros históricos indican que un evento de este tipo en 1859 causó incendios en líneas telegráficas por la energía inducida en los cables.
Pese a estos riesgos, las auroras siguen siendo uno de los fenómenos naturales más fascinantes. Detrás de su belleza hay una compleja danza entre el Sol y la Tierra, que nos recuerda lo conectados que estamos con el cosmos, incluso a 150 millones de kilómetros de distancia.
Fuente: WIRED.


