Investigadores de distintas universidades vienen recopilando evidencia sobre cómo la fibra alimentaria protege contra enfermedades crónicas como el cáncer colorrectal, la diabetes y las afecciones inflamatorias intestinales. La tendencia, impulsada en redes sociales bajo el nombre «fibermaxxing», revive un debate científico que comenzó hace más de un siglo.
En las redes sociales, una nueva tendencia alimentaria desplaza al consumo de proteínas como principal preocupación nutricional: aumentar la ingesta de fibra. Según explican especialistas consultados, se trata de una vuelta a hábitos alimenticios que buena parte de la humanidad abandonó con la llegada de la agricultura y, más recientemente, con el procesamiento industrial de los alimentos.
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Ese cambio en la dieta modificó de forma profunda el microbioma humano, es decir, la enorme comunidad de bacterias y microorganismos que habitan el sistema digestivo. Especialistas en microbiología señalan que la alteración de ese equilibrio está asociada a un aumento de enfermedades crónicas, y que buena parte de la población mundial —especialmente en países desarrollados— no llega a consumir las cantidades de fibra recomendadas.
La relación entre la fibra y la salud intestinal empezó a estudiarse hace más de cien años, cuando investigadores observaron que las poblaciones con dietas más ricas en fibra presentaban menores tasas de enfermedades como la diverticulitis, la apendicitis o el cáncer de colon. A mediados del siglo XX, distintos estudios comprobaron que la fibra vegetal facilita el tránsito intestinal y que su ausencia puede derivar en afecciones del colon.
Con el correr de las décadas, los científicos identificaron que las bacterias intestinales fermentan la fibra y producen, como resultado, ácidos grasos de cadena corta que pasan al torrente sanguíneo y cumplen un rol clave en la reducción de la inflamación, un factor que se asocia a enfermedades como el cáncer de colon, las cardiopatías y la diabetes.
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Estudios más recientes, realizados tanto en animales como en humanos, muestran que una dieta pobre en fibra puede llevar a que las bacterias intestinales se alimenten de la barrera mucosa que protege las paredes del intestino, debilitando esa defensa natural frente a infecciones. En sentido contrario, distintas fibras —como la inulina, presente en alimentos como el espárrago, la banana o la cebolla— mostraron efectos beneficiosos sobre el peso corporal y el control del apetito.
Los especialistas remarcan, sin embargo, que la fuente de la fibra es determinante: los alimentos integrales tienen un impacto más significativo sobre el microbioma que los suplementos, ya que estos últimos aíslan la fibra de la estructura celular original del alimento. La recomendación actual indica un consumo de alrededor de 25 gramos diarios de fibra para las mujeres y hasta 38 gramos para los hombres.
De cara al futuro, distintos equipos de investigación trabajan en enfoques cada vez más personalizados, a partir de la comprobación de que la respuesta de cada persona a la fibra varía según la composición particular de su propio microbioma. Aun así, los propios científicos remarcan que todavía falta evidencia de largo plazo para establecer con certeza una relación de causalidad entre el consumo de fibra y la prevención de enfermedades.
Con información de WIRED.


