Este 11 de enero se cumplen 30 años de la muerte de Tato Bores, el humorista que convirtió la sátira política en una herramienta de comprensión colectiva sobre las crisis recurrentes de la Argentina.
Con su frac, el habano, el peluquín y el inolvidable teléfono negro, Mauricio Borensztein construyó un personaje que dialogaba directamente con el poder y traducía la complejidad política y económica al lenguaje del humor.
Lejos del chiste fácil, Tato utilizó la ironía para desnudar el autoritarismo, la corrupción y el absurdo cotidiano, logrando que el espectador se sintiera parte de una ciudadanía crítica y consciente.
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Uno de los momentos más recordados fue el episodio de censura de 1992, cuando respondió al intento de bozal judicial con humor y absurdo, en un gesto que marcó un hito en la defensa de la libertad de expresión en la televisión argentina.
Sus monólogos sobre inflación, deuda externa, dólar y bicicleta financiera mantienen una vigencia inquietante: los problemas que describía hace décadas siguen formando parte del escenario económico actual.
A tres décadas de su partida, la ausencia de Tato Bores se siente cada domingo: su humor sigue funcionando como archivo vivo y espejo de un país que, aunque cambie de época, parece atrapado en los mismos guiones.
Fuente: Perfil.


