El insecto fue encontrado formando colonias en cuevas de la península antártica. El cambio climático y el transporte marítimo aparecen como factores que favorecieron su expansión.
Una especie de mosca originaria del Ártico consiguió establecerse en la Antártida y comenzó a reproducirse en ambientes naturales, un fenómeno que genera preocupación por sus posibles efectos sobre el frágil ecosistema del continente blanco. Se trata de Trichocera maculipennis, cuyos ejemplares y larvas fueron encontrados en cuevas cercanas a colonias de pingüinos durante una expedición científica realizada entre diciembre y marzo.
La presencia de este insecto en la Antártida ya había sido registrada durante los últimos cinco años, aunque hasta ahora los ejemplares habían sido detectados principalmente en alcantarillas de bases científicas y militares. El nuevo hallazgo marca una diferencia porque la especie logró completar su ciclo de vida en condiciones naturales. Los investigadores vinculan este avance con el aumento de las temperaturas en la península antártica, una de las regiones del planeta que más se ha calentado durante el último medio siglo.
Los científicos creen que la mosca pudo haber llegado transportada en embarcaciones turísticas, científicas y militares. Una vez en el continente, las condiciones térmicas más favorables habrían facilitado su adaptación. Un estudio realizado sobre 294 ejemplares recolectados en cuatro estaciones antárticas detectó además una transformación en sus características físicas: las alas se redujeron aproximadamente a la mitad y adquirieron una forma triangular.
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El principal motivo de preocupación se encuentra en la actividad de las larvas, que se desarrollan en el suelo y pueden modificar el microambiente. Según los investigadores, estos cambios podrían generar alteraciones en ecosistemas terrestres que cuentan con una cantidad limitada de especies. La incorporación de un nuevo organismo podría tener, por lo tanto, consecuencias relevantes para el equilibrio natural de la zona.
Una de las hipótesis que se encuentra bajo estudio apunta a un posible impacto sobre las colonias de pingüinos durante las próximas dos décadas. Los científicos analizan si las modificaciones producidas en el suelo y en las condiciones del entorno donde se desarrollan las larvas podrían afectar a estos animales. La investigación todavía busca determinar con precisión el alcance de estas consecuencias.
Ante la expansión de la especie, el equipo científico ya trabaja en una primera estrategia de contención: trampas con feromonas para atraer a las moscas y reducir su presencia. El caso se convirtió en un nuevo ejemplo de cómo el calentamiento global y el movimiento de embarcaciones pueden facilitar la llegada de especies invasoras a regiones donde históricamente las condiciones ambientales funcionaron como una barrera natural.
Foto: Anders Carlberg.


