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A veces el básquetbol es mucho más que básquetbol

Andrés Monje, un periodista español, magnificó el reciente logró argentino en el Mundial de China y analizó que la Generación Dorada perdura o ha mutado en nuevos nombres, aunque con idénticas virtudes y un increíble espíritu colectivo. El análisis refleja cómo el mundo deportivo, incluso un especialista de un país que es verdadera potencia como España, admira lo que alcanzó la selección de básquetbol, pero sobre todo la impronta, la esencia, el legado que dejó un ciclo que encabezó el mejor de todos los tiempos, Emanuel Ginóbili.

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Básquetbol más que básquetbol

«Porque un partido no son sólo cuarenta minutos. Ni un torneo unos cuantos partidos. Ni siquiera un equipo simplemente un grupo de jugadores.

A veces no hay forma de entender hasta dónde llega la competición y hasta dónde lo humano, porque se mezclan hasta el punto de que es justamente lo segundo, en esplendor, aquello que hace posible lo primero en apogeo.

A veces no se resuelve si el talento es mayor que el orgullo, por mucho que irrumpa un genio llamado Ginóbili, de esos de lámpara y dibujos animados. De los que cambian la historia. Porque ese mismo superdotado, vestido de éxito y triunfos allá donde fuese, fue el primero en predicar con el ejemplo del trabajo, el colectivo y la identidad.

A veces no se concibe si ellos vencieron como homenaje a los hinchas o fueron los hinchas los que les hicieron ganar. Y no se concluye porque al perder, sobre todo al perder, las caras de los hinchas y las de los jugadores conectaron siempre hasta formar un mismo sentimiento. Indescriptible y embriagador. Como pidiéndose perdón mutuamente. Quizás hinchas y jugadores sean al final representaciones de lo mismo, un alma compartida.

A veces no descubres qué tipo de embrujo emplearán Prigioni y Scola en un pick&roll, porque aunque lo repitan mil y una veces durante una década no entenderás cómo nadie acertó aún a pararlo.

A veces te cuestionas si a Nocioni algún día le pesaron más las piernas que el corazón, si Pepe Sánchez veía realmente en cuatro dimensiones o cuántos minutos aleccionó Oberto a Scola allá donde estuvieron. A veces incluso te repites que Montecchia no pactó con el diablo volver potenciado en apariencia de Campazzo.

A veces te preguntas qué fue de Schonochini, de Victoriano, de Leo Gutiérrez, de Gabi Fernández, de Palladino o de Wolkowyski. De tantos otros agarrados a un plan colectivo. Soldados de corazón, a los que confiar tu espalda. Cómo Herrmann guarda ese físico o qué pócima bebía Delfino para atesorar tanto talento.

A veces no sabes si ellos son el germen de todos los demás, de lo visto después en Grecia o en España como paradigmas del grupo, del núcleo fuerte humano que crece colectivamente hasta la cima. Del baloncesto más allá de conceptos técnicos, poderes y debilidades, aquel que se encuentra cara a cara con el significado del término equipo y lo eleva al infinito.

A veces rememoras un partido, una canasta, un bote, un gesto, un salto o un cántico de la grada. Y todo eso te recuerda, hasta explicarte, que el baloncesto no es simplemente baloncesto.

A veces es natural preguntarse cómo se puede marchar algo así. Incluso sentirse vacío mientras lo haces. Pero en realidad sabes que nunca se irá. Como las grandes obras, esta Argentina no muere. Queda viva en el recuerdo.

A veces un equipo es tan grande que no se le mide por lo que gana. Argentina no es su oro olímpico, sus triunfos ante Estados Unidos o su éxito internacional. Esta Argentina no es vencer o salir derrotado, nunca lo fue. Lo suyo es un capítulo propio del baloncesto de este siglo.

A veces el baloncesto es mucho más que baloncesto. Es energía, emoción y legado.

Y a veces está Argentina para demostrarlo.»

Andrés Monje, periodista español.

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