Bajo la postal romántica de canales y góndolas, Venecia esconde una obra de ingeniería tan antigua como resistente. Desde el siglo V, la ciudad se levanta sobre millones de pilotes de madera hincados en el lecho de la laguna, una estructura conocida como “bosque invertido” que ha soportado siglos de mareas, comercio y turismo masivo.
La técnica, heredada de antiguos asentamientos lacustres, se perfeccionó con el auge comercial de la Edad Media. Troncos de alerce, roble, aliso, pino y abeto, de hasta 3,5 metros de largo, se clavaban a gran densidad en el barro hasta alcanzar suelo firme. Encima, vigas transversales distribuían el peso de palacios, puentes y templos, sin necesidad de llegar a la roca madre.
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La clave de su durabilidad está en la relación entre madera, agua y barro. En ausencia de oxígeno, hongos e insectos no pueden degradar el material, que permanece sólido gracias a la presión hidrostática. El puente de Rialto, por ejemplo, se apoya en 14.000 pilotes, mientras que la Basílica de San Marcos descansa sobre unos 10.000 de roble.
El sistema se mantuvo gracias a una rigurosa gestión forestal impulsada por la República de Venecia desde el siglo XII, que regulaba la tala en zonas como el valle de Fiemme para garantizar madera de calidad. Esta planificación evitó la escasez y permitió sostener una red de cimientos única en el planeta.
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Hoy, el “bosque invertido” sigue cumpliendo su función, aunque enfrenta amenazas como el aumento del nivel del mar, la erosión y las inundaciones. Para ingenieros e historiadores, su permanencia no solo es un milagro técnico, sino también una lección sobre cómo la adaptación al entorno puede generar obras capaces de resistir el paso de los siglos.
Fuente: Infobae.


