A cuatro décadas del desastre nuclear, la radiación sigue presente en alimentos y fauna en Europa, mientras el debate sobre la energía nuclear continúa vigente.
A 40 años del accidente en la central de Chernóbil, ocurrido el 26 de abril de 1986, las consecuencias de la mayor catástrofe nuclear civil siguen siendo visibles en distintas regiones de Europa. Lo que comenzó como una explosión en un reactor terminó generando un impacto sanitario, ambiental y político que aún hoy se analiza.
El desastre, ocurrido en plena Guerra Fría, estuvo rodeado de secretismo por parte de la entonces Unión Soviética. Las autoridades tardaron en informar lo sucedido, lo que agravó la exposición de la población a la radiación. Incluso los trabajadores de la planta desconocían incidentes previos en los reactores RBMK.
Las cifras de víctimas continúan siendo motivo de debate. Mientras los registros oficiales hablan de 31 muertes directas, organismos como el Organismo Internacional de Energía Atómica estiman que el número podría alcanzar las 4.000 personas, considerando enfermedades derivadas de la radiación.
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Uno de los efectos más persistentes es la contaminación en la cadena alimentaria. Tras el accidente, productos como lechugas, espinacas y leche fueron considerados peligrosos debido a la deposición de partículas radiactivas. En varios países europeos se prohibió su consumo temporalmente, mientras crecían la incertidumbre y el temor en la población.
Cuatro décadas después, el problema no ha desaparecido. El cesio-137, un elemento radiactivo con una vida media de unos 30 años, sigue presente en suelos y bosques. Esto explica por qué animales como los jabalíes aún registran niveles elevados de radiación, especialmente en regiones de Alemania, donde su dieta incluye hongos contaminados.
“La política de información de las autoridades de la época fue desastrosa”, señaló el especialista Fabian Holzheid, al recordar las contradicciones en las recomendaciones oficiales tras el accidente. La falta de datos claros generó desconfianza y decisiones dispares entre países.
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El aniversario también reaviva el debate sobre la energía nuclear. Mientras algunos sectores la consideran una alternativa sostenible frente a la crisis energética, otros advierten sobre sus riesgos. “La energía nuclear no es sostenible: produce residuos altamente radiactivos”, sostienen críticos que recuerdan tanto Chernóbil como Fukushima.
Hoy, el legado de Chernóbil no solo se mide en cifras o contaminación, sino también en la memoria colectiva de Europa. La catástrofe dejó una lección duradera sobre los límites de la tecnología y los riesgos de una gestión inadecuada en contextos de alta complejidad.
Con información de Euronews.


