Un estudio de Stanford reveló que la diferencia entre sobrevivir o desaparecer en la Gran Mortandad hace 252 millones de años estuvo en la fisiología de los organismos ante el calor y la falta de oxígeno.
Hace 252 millones de años, la mayor extinción masiva de la historia del planeta transformó los océanos para siempre. Durante la llamada «Gran Mortandad» o extinción del Pérmico-Triásico, desapareció alrededor del 90 al 96% de las especies marinas y cerca del 70% de los vertebrados terrestres. Un nuevo estudio liderado por investigadores de la Universidad de Stanford ofrece la explicación más completa hasta ahora sobre por qué algunos grupos sobrevivieron y otros no.
La respuesta, según el trabajo publicado en PNAS, está en la fisiología de los organismos: la forma en que sus cuerpos respondían al aumento de temperatura y a la pérdida de oxígeno en el agua fue determinante para definir qué linajes desaparecieron y cuáles prosperaron. «Este estudio es la prueba definitiva de lo que causó la extinción masiva del Pérmico-Triásico», afirmó Erik Anders Sperling, autor senior e investigador de la Escuela de Sostenibilidad Doerr de Stanford.
Antes de la crisis, los fondos oceánicos estaban dominados por animales de la fauna paleozoica, como braquiópodos y crinoideos. Tras la extinción, ese protagonismo pasó a moluscos como almejas y caracoles, además de peces y equinodermos como los erizos y las estrellas de mar. Ese cambio marcó el inicio de la fauna marina moderna. «Por eso comemos sopa de almejas y no sopa de braquiópodos», dijo Sperling. «Los braquiópodos casi no tienen carne».
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Los experimentos realizados por el equipo revelaron que los animales de la antigua fauna paleozoica podían sobrevivir en aguas con muy poco oxígeno. Sin embargo, cuando la temperatura del agua aumentaba, su metabolismo incrementaba rápidamente la demanda de oxígeno sin poder satisfacerla, dado que su anatomía no lo permitía. En cambio, los grupos que hoy dominan los océanos, aunque requieren más oxígeno en condiciones normales, estaban mejor preparados para responder a ese incremento gracias a estructuras corporales más eficientes y mayor capacidad de movimiento. Las simulaciones de los investigadores reprodujeron con éxito los patrones observados en el registro fósil: los grupos más sensibles al calor sufrieron tasas de extinción superiores y perdieron mayor proporción de su hábitat.
«Nuestros hallazgos muestran que, en diferentes grupos de organismos, las extinciones ocurrieron a tasas mucho más altas para aquellos más vulnerables a los aumentos de temperatura y a la disminución del oxígeno», explicó José Andrés Márquez, autor principal del estudio. El trabajo también sugiere que la acidificación de los océanos contribuyó al desastre, aunque Sperling la considera un factor secundario: «El calentamiento global y la pérdida de oxígeno son los factores clave».
El estudio también dispara una advertencia sobre el presente. Las condiciones que desencadenaron la Gran Mortandad presentan similitudes con las que actualmente experimenta el planeta por las emisiones de gases de efecto invernadero. «La mala noticia es que, según las proyecciones del peor escenario, vamos camino de alcanzar niveles de calentamiento similares a los del Pérmico-Triásico», dijo Sperling. «Pero la buena noticia es que aún estamos en un punto en el que podemos cambiar las cosas y hacer algo al respecto».
Con información de Wired


