Foto: Veganis
Con la llegada del frío, el cuidado de la piel suele enfocarse en la hidratación y la nutrición intensa. Sin embargo, para quienes conviven con el acné, el invierno puede representar un desafío particular, ya que las bajas temperaturas, el viento y la calefacción afectan directamente la barrera cutánea.
El aire seco y los ambientes calefaccionados reducen la humedad natural de la piel. Ante esa deshidratación, las pieles grasas pueden responder con un “efecto rebote”, aumentando la producción de sebo como mecanismo de defensa. Ese exceso puede terminar obstruyendo los poros y favoreciendo nuevos brotes.
A diferencia del verano, donde el sudor suele ser uno de los principales factores de irritación, en invierno cobra mayor importancia la acumulación de células muertas. La piel seca tiende a descamarse con más facilidad y esos residuos pueden quedar atrapados en los folículos, generando inflamación.
Además, los cambios bruscos de temperatura entre el exterior y los espacios cerrados pueden afectar la apariencia de la piel. El contraste térmico dilata los capilares y puede empeorar la visibilidad de marcas o rojeces vinculadas al acné.
“El cambio de estación no es solo una cuestión de temperatura, es un proceso de adaptación. La piel —como órgano vivo— responde al entorno: baja la humedad ambiental, aumentan las agresiones externas como el viento y, además, pasamos más tiempo en espacios calefaccionados que resecan aún más el ambiente”, explicó Julieta Geuna, capacitadora de Veganis.
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Para prevenir brotes sin descuidar la hidratación, la dermocosmética actual apunta a rutinas que equilibren la seborregulación con ingredientes capaces de reparar el manto hidrolipídico. La clave está en limpiar, tratar y proteger sin agredir la piel.
El primer paso es una limpieza profunda pero respetuosa. Se recomienda evitar jabones agresivos que generen tirantez y optar por geles de limpieza formulados para pieles mixtas o grasas, capaces de remover impurezas, exceso de sebo y suciedad ambiental sin resecar ni irritar.
Durante la noche, la piel entra en proceso de reparación, por lo que es un buen momento para aplicar activos específicos. El ácido salicílico es uno de los aliados más utilizados, ya que ayuda a reducir brotes, minimizar poros y mejorar la textura de la piel. Combinado con ingredientes calmantes, como el Tea Tree Oil, puede tratar imperfecciones sin provocar una sequedad excesiva.
Para brotes puntuales, especialmente aquellos que aparecen por el roce de bufandas o prendas de abrigo, los parches hidrocoloides pueden ayudar a proteger la zona y mejorar visiblemente el aspecto de la lesión. Se aplican sobre piel limpia y seca, y suelen dejarse actuar entre 8 y 12 horas para favorecer su adhesión y efectividad.
Con información de Loqueva


