En 1835, The New York Sun publicó una serie de artículos que aseguraban haber descubierto vida inteligente en la Luna. Con descripciones de criaturas aladas y templos de amatista, se trató de la primera noticia falsa de alcance masivo en la historia del periodismo.
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En agosto de 1835, los lectores de The New York Sun quedaron cautivados por un relato que parecía combinar ciencia y maravilla. Bajo la firma de un supuesto Dr. Andrew Grant, se narraban las proezas del astrónomo británico John Herschel, quien desde Sudáfrica habría construido el telescopio más potente de la historia. Gracias a él, según los artículos, habría observado civilizaciones enteras en el paisaje lunar.
Las crónicas describían con solemnidad criaturas fantásticas: hombres murciélago, castores que caminaban erguidos, unicornios diminutos y valles bañados en luz oblicua. Todo presentado con la seriedad de un informe científico y acompañado por ilustraciones que reforzaban la ilusión.
Durante una semana, entre el 25 y el 31 de agosto, Nueva York entera eligió creer. En cafés, talleres y plazas se discutía con pasión sobre las criaturas lunares, y hubo incluso quienes afirmaron haberlas visto con sus propios ojos. El impacto fue tal que el fenómeno cruzó el Atlántico y llegó a Europa.
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Sin embargo, todo era una farsa. El verdadero autor de la serie era Richard Adams Locke, editor del diario, quien buscaba ridiculizar las teorías pseudocientíficas que sostenían la existencia de vida en otros astros. Lejos de interpretarse como sátira, sus textos fueron tomados al pie de la letra y se convirtieron en un hito cultural.
El contexto de la época fue decisivo: una ciudad en expansión, marcada por la revolución industrial y la confianza ciega en la ciencia, junto con la irrupción de la penny press, periódicos de un centavo que acercaban la información a una clase media sin formación académica. El terreno estaba listo para que floreciera la ilusión.
Cuando se reveló la verdad, The Sun no pidió disculpas. Al contrario, presentó la historia como un “entretenimiento temporal” y continuó aumentando sus ventas. El público, lejos de enojarse, siguió comprando el diario. Había nacido el primer gran fenómeno de desinformación moderna, demostrando que muchas veces una historia bien contada puede ser más poderosa que la verdad misma.
Fuente y foto: Infobae


