Foto: Ambiente Chubut.
Algas, moluscos, crustáceos y microorganismos conviven en la franja intermareal, un entorno dinámico donde el agua y la tierra se encuentran.
En el Parque Provincial Patagonia Azul, en Chubut, la marea transforma el paisaje dos veces al día, dejando al descubierto un ecosistema costero que normalmente permanece sumergido. Algas, moluscos, crustáceos y microorganismos conviven en la franja intermareal, un entorno dinámico donde el agua y la tierra se encuentran.
Este sector ofrece un escenario ideal para caminatas de exploración y avistaje de fauna, permitiendo a los visitantes comprender los ciclos naturales y observar de cerca a las especies que se acercan para alimentarse. Los accesos públicos incluyen Bahía Arredondo, dentro del Portal Isla Leones, y Arroyo Marea, en el Portal Bahía Bustamante, mientras que quienes se alojan en Marisma Camps cuentan con zonas complementarias para recorrer.
La bióloga y guía Nadia Abelaira destaca la vitalidad del área: corrientes que arrastran bancos de peces, avistaje de aves y la posibilidad de contemplar especies únicas como el pato vapor, endémico de la región. «Ver los destellos plateados alimentándose en la superficie es un espectáculo constante», señala Abelaira sobre la experiencia de los turistas.
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Durante la bajante, la costa revela bosques de algas, anémonas, mejillones y peces atrapados en pozas, así como la presencia de aves emblemáticas como ostreros, chorlitos y playeritos. La guía resalta que el ecosistema funciona como un comedor natural, donde la interacción entre flora y fauna genera un espectáculo continuo y diverso.
Los sonidos del entorno completan la experiencia: el choque del canto rodado con las olas, el vuelo de gaviotas, el crujido de los cuis y el movimiento de cangrejos entre la vegetación. Incluso los guanacos se acercan a beber agua de mar, mostrando adaptaciones sorprendentes que capturan la atención de los visitantes.
La conservación es un eje central: la abundancia trófica atrae a especies como la ballena sei y el petrel gigante del sur, mientras los guías fomentan el cuidado del ecosistema. Abelaira concluye: «No hay palabras que puedan describir la belleza de este paisaje, no hay foto que le haga justicia, no hay días que alcancen para poder vivirlo».


