En medio de la dictadura de Augusto Pinochet y el golpe que derrocó a Salvador Allende, la selección chilena vivió uno de los episodios más insólitos en la historia del fútbol. El 21 de noviembre de 1973 debía enfrentar a la Unión Soviética en el Estadio Nacional de Santiago por un repechaje para clasificar al Mundial de Alemania ’74. Sin embargo, el rival decidió no presentarse, alegando que el estadio estaba “salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”.
El encuentro se redujo a 28 segundos de juego, en los cuales los jugadores chilenos se pasaron el balón entre sí antes de que Francisco Valdez empujara la pelota a un arco vacío. La terna arbitral, de nacionalidad chilena, permitió la formalidad y validó el gol. Ningún festejo: los jugadores conocían el horror que se vivía en las entrañas del estadio, donde la dictadura había instalado un centro de detención con miles de prisioneros políticos.
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El contexto político y diplomático fue determinante. La URSS, con alineación comunista y estrechos vínculos con el gobierno de Allende, rechazó presentarse, mientras que Chile, presionado por la FIFA y su propio régimen, debió disputar el “partido fantasma” como requisito formal. La delegación soviética incluso llegó a barajar trasladar el juego a Lima o Buenos Aires, pero Pinochet insistió en Santiago.
A pesar del absurdo, el gol de Valdez aseguró la clasificación chilena al Mundial. El partido quedó registrado oficialmente por la FIFA como 2-0 por abandono. La selección continuó con su preparación y luego enfrentó amistosos, incluyendo un encuentro contra Santos de Brasil, que terminó 5-0. La surreal experiencia se convirtió en símbolo de la tensión entre política y deporte en Chile.
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Chile disputó finalmente el Mundial de Alemania ’74, donde empató y perdió partidos clave, quedando eliminado en la fase de grupos. Sin embargo, la historia del “partido fantasma” permanece como un episodio único que combina fútbol, política y la memoria de un país marcado por la represión y la dictadura.
Fuente: Infobae.


