Investigadores de Stanford y Duke desarrollaron herramientas para estimar la edad biológica de los órganos, en especial del cerebro, y anticipar riesgos como demencia, Alzheimer o muerte prematura.
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La ciencia está cada vez más cerca de anticipar el envejecimiento del cuerpo —y del cerebro— con una precisión asombrosa. Dos investigaciones recientes, publicadas en Nature Medicine y Nature Aging, revelan que medir la edad biológica de los órganos, más allá de los años vividos, puede ser clave para prevenir enfermedades crónicas como la demencia, el Alzheimer o la insuficiencia cardíaca.
En uno de los estudios, científicos de la Universidad de Stanford descubrieron que tener un cerebro biológicamente más viejo puede aumentar el riesgo de muerte hasta un 182% en 15 años, y multiplicar por 12 las probabilidades de desarrollar Alzheimer. Para llegar a estos datos, el equipo analizó muestras de sangre de más de 45.000 personas y utilizó inteligencia artificial para estimar la edad real de 11 órganos, incluido el cerebro.
“Las personas con órganos más envejecidos eran más propensas a desarrollar enfermedades en esos mismos órganos”, explicó Tony Wyss-Coray, catedrático de neurología en Stanford. El estudio reveló, por ejemplo, que un corazón biológicamente viejo predice insuficiencia cardíaca, mientras que unos pulmones envejecidos se vinculan con EPOC.
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La herramienta —un reloj de envejecimiento proteico— aún no está disponible de forma masiva, pero ya fue patentada para su futura aplicación clínica.
Mientras tanto, una alternativa más accesible se encuentra en el estudio complementario de la Universidad de Duke y de Otago (Nueva Zelanda). Allí, los investigadores desarrollaron DunedinPACNI, un algoritmo que estima el ritmo de envejecimiento cerebral a partir de una sola resonancia magnética. Esta tecnología ya está disponible en hospitales, lo que podría acelerar su implementación.
El algoritmo analiza marcadores clave como el adelgazamiento cortical y la contracción del hipocampo, conocidos predictores de deterioro cognitivo. Lo innovador es que se basa en el estudio longitudinal Dunedin, que ha seguido durante cinco décadas a más de mil personas nacidas en 1972-1973, eliminando sesgos generacionales.
“La mayoría de los relojes del envejecimiento comparan jóvenes con mayores, pero eso puede confundir envejecimiento con factores externos como la contaminación. Nuestro enfoque permite aislar el envejecimiento biológico real”, explicó Ethan Whitman, autor del estudio y doctorando en psicología clínica en Duke.
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Ambos estudios coinciden en que conocer la edad biológica del cerebro y otros órganos podría transformar la medicina preventiva. La detección temprana permitiría adaptar tratamientos, personalizar intervenciones e incluso cambiar hábitos antes de que aparezcan los síntomas de enfermedades relacionadas con la edad.
“Es como saber no solo cuántos kilómetros tiene tu coche, sino también qué partes se están desgastando más rápido”, graficó Ahmad Hariri, coautor del estudio Duke/Otago.
Por ahora, estas herramientas siguen en fase de investigación, pero ya están redefiniendo cómo se entiende el envejecimiento. En el futuro, una simple gota de sangre o una resonancia magnética cerebral podrían ser suficientes para anticipar problemas de salud con años de antelación y guiar a los médicos en decisiones más efectivas y personalizadas.
Fuente: National Geographic
Foto: Archivo


