El establecimiento, ubicado entre Jacobacci y Maquinchao, se dedica a la producción de lana Merino de alta calidad y enfrenta un contexto regional marcado por la sequía y la caída del número de productores.
La familia Apestegui, integrada por Agustín, su padre Jorge y su hermano Juan Carlos, veterinario, conduce un establecimiento ovino ubicado entre Jacobacci y Maquinchao. La actividad comenzó hace más de un siglo con el bisabuelo de Agustín, que inicialmente tenía un negocio de ramos generales en la zona y luego comenzó a adquirir campos. Desde entonces, la familia mantuvo un vínculo ininterrumpido con la producción ovina, que hoy conduce su cuarta generación.
Durante décadas, el campo formó parte de la histórica estancia Maquinchao, uno de los establecimientos de referencia en la Patagonia. En 2014 se produjo una reorganización societaria que dio origen a la empresa actual, de carácter cien por ciento familiar, en la que participan exclusivamente Agustín, su padre y su hermano, quienes se ocupan de todas las tareas del establecimiento, desde la administración hasta la inseminación.
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El principal producto es la lana Merino Australiano, genética que la familia sostiene desde los tiempos de la estancia Maquinchao. El promedio de finura se ubica en 18,5 micras, con un rendimiento del 55%, valores que permiten acceder a mejores precios en el mercado internacional. La carne, en cambio, se produce como subproducto, con una relevancia que varía según las condiciones climáticas de cada temporada.
El manejo genético incluye inseminación artificial de forma ininterrumpida desde la década del setenta, con la única excepción del primer año de la pandemia. A esto se suma la incorporación anual de nuevos reproductores adquiridos en exposiciones patagónicas, así como la participación activa en la Asociación Argentina de Criadores de Merino. El establecimiento también incorporó tecnología como caravanas electrónicas y registros productivos para optimizar el manejo del rodeo, aunque no funciona como cabaña.
Según datos aportados por el productor, se necesitarían unas 4.000 ovejas por explotación para vivir de la actividad, mientras que el promedio provincial es de aproximadamente 300 animales por productor. El sector atraviesa un proceso de despoblamiento rural: los campos redujeron su capacidad de carga tras años de sequía, las sucesiones familiares fragmentaron los establecimientos, y buena parte de los productores de la zona reside en los pueblos, con presencia solo los fines de semana en sus campos.
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Esa menor presencia humana también incide en la sanidad y el control de predadores. El zorro continúa siendo una amenaza constante, la presión del puma se incrementó y en los últimos tiempos comenzaron a registrarse jabalíes en la zona. A esto se suma el riesgo sanitario que representan los establecimientos abandonados, donde persisten focos de sarna ovina de difícil erradicación, con impacto potencial sobre miles de animales en campos vecinos.
En materia climática, el establecimiento registró este año el mejor otoño-invierno de los últimos seis o siete años en términos de precipitaciones, luego de un período con predominio de años secos desde 2014. El productor remarcó que los ciclos de recuperación de los campos son extensos: un año de sobreexplotación puede requerir hasta tres años para revertirse. El mercado internacional de lana también mostró una mejora en las condiciones de precio en el último tiempo, en un contexto de normalización cambiaria.
Con información de Diario Río Negro.


