Una decisión aparentemente menor se convirtió en uno de los temas más comentados en la previa del Mundial 2026. La FIFA prohibió el ingreso de botellas de agua reutilizables a los estadios, argumentando razones de seguridad, pero la medida desató una fuerte reacción porque contradice sus propias recomendaciones previas sobre sostenibilidad y manejo del calor durante el torneo.
Todo comenzó con las directrices iniciales publicadas por la federación, que permitían a los aficionados ingresar con botellas transparentes y reutilizables para rellenar dentro del estadio. La medida parecía alineada con la estrategia de sostenibilidad de la FIFA, que en los últimos años incluyó la reducción de residuos y plásticos de un solo uso entre sus objetivos. Sin embargo, la federación dio marcha atrás y prohibió completamente la entrada de cualquier recipiente externo.
La reacción fue inmediata. Las asociaciones de aficionados no solo cuestionaron el impacto ambiental de la decisión, sino también sus consecuencias para la salud. Con 26 de los 104 partidos previstos para jugarse bajo condiciones de calor extremo, limitar el acceso al agua aumenta el riesgo de deshidratación y golpe de calor, especialmente para los hinchas que no cuentan con la protección de un equipo médico.
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La contradicción se profundizó cuando trascendió que durante el Mundial de Clubes celebrado en Estados Unidos el año anterior, los aficionados habían podido ingresar con sus propias botellas sin inconvenientes. Y que la propia FIFA había recomendado previamente el uso de recipientes reutilizables como medida para afrontar el calor.
Ante las protestas, la federación rectificó parcialmente su postura: en los estadios de Estados Unidos y Canadá se permitirá el ingreso de botellas de plástico blando selladas de hasta 590 mililitros. Sin embargo, las botellas rígidas y las reutilizables siguen prohibidas. El resultado es paradójico: se resuelve el problema de seguridad permitiendo envases descartables, pero no los diseñados para su reutilización.
El caso trasciende al fútbol. En los últimos años, casi todos los grandes eventos deportivos adoptaron estrategias ambientales cada vez más ambiciosas, con informes sobre reducción de emisiones, reciclaje y lucha contra los plásticos. El problema surge cuando esos objetivos entran en conflicto con otras prioridades: seguridad, logística, patrocinadores o simplemente la gestión de grandes multitudes.
La botella de agua no cambiará por sí sola el equilibrio ambiental de un Mundial, pero ilustra con claridad una tensión cada vez más frecuente: la que existe entre los compromisos ambientales declarados y las decisiones reales cuando la organización los pone a prueba.
Con información de Wired / Imagen: Hector vivas – FIFA


