Cada segundo caen entre 30 y 100 rayos en algún punto del planeta. ¿Qué los provoca y por qué generan tanto asombro?
A lo largo de la historia, los rayos han sido temidos y admirados en igual medida. Y aunque ya en 1752 Benjamin Franklin demostró que eran fenómenos eléctricos, la ciencia detrás de su formación —conocida como fulminología— sigue despertando curiosidad.
Un rayo es una gigantesca descarga eléctrica generada entre dos zonas con cargas opuestas: puede ser entre distintas partes de una nube o entre la nube y la superficie terrestre. Este intercambio de energía, que dura apenas centésimas de segundo, produce luz, calor, sonido, rayos X y hasta señales magnéticas.
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Para que ocurra, se necesita una tormenta con acumulaciones de partículas cargadas eléctricamente. Las colisiones dentro de la nube —entre cristales de hielo y graupel— separan las cargas: positivas arriba, negativas abajo. Esa diferencia crea un fuerte campo eléctrico que, al superar la resistencia del aire, genera la descarga.
La descarga inicial avanza en tramos y puede ramificarse antes de tocar el suelo. Cuando lo hace, se produce una «descarga de retorno», visible como el rayo brillante que solemos ver. En ese instante, la temperatura puede superar los 30.000 °C y la atmósfera se expande bruscamente, provocando el trueno.
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Cada año se registran unos 1.400 millones de rayos en todo el mundo. El sitio con mayor concentración es el lago de Maracaibo, en Venezuela, con hasta 230 por kilómetro cuadrado.
Aunque la ciencia ha avanzado mucho, el rayo sigue siendo un fenómeno tan fascinante como complejo.
Con información de Wired.


