La torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, proyectada para ser la más alta de América Latina, permanece abandonada desde 2019, seis años después del inicio de sus obras. La estructura de 108,4 metros, pensada para modernizar la operación aérea, se ha convertido en un símbolo del atraso en infraestructura y de las inversiones paralizadas en el sector.
La construcción, que avanzó hasta un 63% antes de ser interrumpida, sufrió un trágico derrumbe que provocó la muerte de un capataz y dejó a trece personas heridas. Tras la pandemia y la inauguración de la nueva terminal de partidas en abril de 2023, los trabajos de la torre no se retomaron, y su futuro sigue siendo incierto debido a los elevados costos de equipamiento y mantenimiento.
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Estructuralmente, la torre combina un basamento elíptico, un fuste de hormigón armado y un coronamiento de vidrio, con vista panorámica de 360º desde la sala de control a 80 metros de altura. Su diseño innovador incluía oficinas, salas técnicas y un subsuelo para maquinaria esencial, pero actualmente se encuentra con perfiles metálicos expuestos y sin redes de protección.
Desde EANA, organismo encargado de la navegación aérea, indicaron que no se prevé inversión en la torre mientras las operaciones continúan sin problemas desde las instalaciones históricas del aeropuerto. Además, destacaron que recientes mejoras en el radar permiten gestionar un mayor flujo de vuelos, disminuyendo la prioridad de concluir la torre.
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La torre de Ezeiza representa un caso de inversión inconclusa, sumándose a otros “elefantes blancos” del país. A pesar de su impacto visual y potencial estratégico, la combinación de accidentes, presupuesto elevado y prioridades tecnológicas mantiene en suspenso su destino, dejando la obra como un recordatorio de proyectos ambiciosos interrumpidos.
Fuente: Clarín.


