Los contratos de confidencialidad, conocidos como NDA (Non Disclosure Agreement), dejaron de ser una herramienta exclusiva del mundo empresarial para irrumpir en la vida privada de los famosos. Actores, cantantes y estrellas de reality recurren a estos pactos para garantizar que lo que ocurre en su intimidad no llegue a la prensa ni a las redes sociales.
Casos como los de Ethan Hawke, Britney Spears y Jack Harlow visibilizaron un fenómeno en auge: exigir la firma de un NDA antes de iniciar una relación, incluso ocasional. Spears, por ejemplo, lo convirtió en regla tras la mayoría de edad, mientras que el rapero Harlow utiliza un contrato estándar para cualquier cita con personas fuera del ambiente artístico.
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El uso de estos acuerdos no se limita a romances esporádicos. Farrah Abraham, figura mediática en Estados Unidos, asegura haber hecho firmar más de 500 pactos a lo largo de su vida, desde amigos hasta parejas estables. Para ella, se trata de una herramienta de supervivencia en la era digital, donde una indiscreción puede viralizarse en segundos.
Sin embargo, especialistas advierten que muchos de estos contratos son versiones genéricas descargadas de internet y con escasa validez legal. Solo las celebridades con equipos jurídicos de peso acceden a documentos sólidos, capaces de prever sanciones económicas ante un incumplimiento. En paralelo, los ejemplos que llegan a la opinión pública suelen estar asociados a rupturas o denuncias, como el caso de Stormy Daniels frente a Donald Trump o las acusaciones contra Tiger Woods.
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El debate jurídico y social es profundo. Los NDA no pueden ser utilizados como excusa para encubrir abusos o delitos, y en ningún caso reemplazan el consentimiento. Así lo demostró Zelda Perkins, exasistente de Harvey Weinstein, que rompió el pacto de silencio para denunciar acoso sexual, un gesto que resultó clave en el movimiento #MeToo.
Fuente: La Nación.


