El avance de la privatización en Jamaica reduce el acceso público al mar y genera un creciente conflicto social en una de las islas más turísticas del Caribe.
Para millones de turistas, Jamaica es sinónimo de playas de arena blanca y aguas cristalinas. Sin embargo, esa postal contrasta con una realidad cada vez más visible: gran parte de su población enfrenta restricciones para acceder al litoral, incluso en zonas donde históricamente desarrollaron su vida cotidiana.
Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en Mammee Bay, donde una extensa franja de arena fue vendida a desarrolladores privados. Tras la operación, se levantaron muros y se bloqueó el ingreso de pescadores y vecinos, que durante generaciones utilizaron ese espacio para trabajar y recrearse.
El fenómeno no es aislado. Según organizaciones ambientales locales, de los más de mil kilómetros de costa del país, apenas el 0,6% es de acceso libre para los residentes. En destinos turísticos como Montego Bay o Ocho Ríos, la mayoría de las playas quedó en manos de hoteles o complejos privados que limitan el ingreso a huéspedes o cobran tarifas.
La raíz del problema se remonta a la Ley de Control de Playas de 1956, una normativa heredada del período colonial que establece que el Estado es propietario del litoral y puede transferirlo a privados. En la práctica, esto implica que los ciudadanos no tienen garantizado el acceso público al mar sin autorización.
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El crecimiento del turismo aceleró este proceso en los últimos años. En 2024, la isla recibió más de 4,3 millones de visitantes y se proyecta la construcción de miles de nuevas habitaciones hoteleras hacia 2030. Buena parte de estos desarrollos se ubican sobre la costa, reduciendo aún más los espacios disponibles para la población local.
Organizaciones como el Movimiento Ambiental por el Derecho a la Playa impulsan demandas judiciales para revertir la situación. Denuncian que la privatización no solo afecta el acceso recreativo, sino también actividades tradicionales como la pesca, alterando la economía y la identidad cultural de numerosas comunidades.
El impacto también se refleja en lo económico. Aunque el turismo genera miles de millones de dólares, una proporción significativa de esos ingresos queda en manos de cadenas internacionales. Mientras tanto, muchos habitantes deben pagar para ingresar a playas que históricamente fueron públicas.
En medio de este escenario, crece el debate sobre el modelo de desarrollo turístico. Activistas y residentes reclaman una reforma legal que garantice el acceso al litoral y preserve el vínculo entre las comunidades y su entorno natural, en una isla donde el mar es parte central de la vida cotidiana.
Fuente: BBC.


