Un estudio internacional sostiene que muchos de los problemas físicos, mentales y sociales actuales podrían explicarse por un «desajuste evolutivo». El cuerpo humano habría evolucionado para un entorno muy diferente al que enfrenta hoy.
La rapidez con la que cambia la sociedad moderna podría estar superando la capacidad de adaptación del ser humano. Así lo plantea una revisión conceptual publicada en la revista científica Behavioral Sciences, elaborada por investigadores de la Universidad James Cook y la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur (SUTD). El trabajo sostiene que gran parte del malestar contemporáneo está relacionado con el llamado desajuste evolutivo, es decir, la diferencia entre el entorno para el que evolucionó nuestra especie y las condiciones de vida actuales.
Según los especialistas, durante miles de años los seres humanos vivieron en grupos pequeños, con una intensa actividad física, contacto permanente con la naturaleza y amenazas puntuales. En contraste, hoy predominan las grandes ciudades, el sedentarismo, la sobreexposición a pantallas y un flujo constante de información sobre conflictos, crisis económicas, pandemias y cambio climático. Esta acumulación de factores, denominada por los investigadores como «policrisis», mantiene activados durante largos períodos los mecanismos biológicos relacionados con el estrés.
El estudio también explica que características que fueron beneficiosas para la supervivencia ahora pueden convertirse en un problema. La preferencia por alimentos ricos en calorías, útil en épocas de escasez, hoy se enfrenta a una oferta permanente de productos ultraprocesados, azúcares y sodio, favoreciendo enfermedades como obesidad, diabetes e hipertensión. Del mismo modo, la disminución de la actividad física incrementa el riesgo de trastornos cardiovasculares y metabólicos.
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En el plano de la salud mental, los investigadores advierten que el cerebro humano no evolucionó para procesar la enorme cantidad de estímulos que recibe diariamente. La exposición permanente a noticias, redes sociales, mensajes y crisis globales puede favorecer la ansiedad, el agotamiento emocional, la sobrecarga cognitiva y los trastornos del sueño. A esto se suman los efectos de la iluminación artificial, el uso prolongado de dispositivos electrónicos y los horarios irregulares, que alteran los ciclos naturales de descanso.
Otro aspecto analizado es el impacto de las redes sociales sobre la percepción personal. Los autores sostienen que, en el pasado, las comparaciones se realizaban dentro de comunidades reducidas, mientras que hoy millones de personas se miden constantemente con celebridades, empresarios, influencers y figuras públicas. Además, recuerdan que las imágenes y estilos de vida que circulan en internet suelen mostrar versiones idealizadas de la realidad, lo que puede generar frustración, baja autoestima y una sensación de competencia permanente.
Los investigadores concluyen que comprender este desajuste entre la evolución humana y el mundo moderno puede ayudar a diseñar mejores estrategias para prevenir enfermedades y promover hábitos más saludables. Recuperar el contacto con la naturaleza, reducir el sedentarismo, mejorar la calidad del sueño y limitar la exposición continua a estímulos digitales aparecen como algunas de las medidas que podrían contribuir a disminuir el impacto de este fenómeno sobre la salud física y mental.
Con información de WIRED.


