Tres ciudadanos estadounidenses —dos soldados y un intérprete civil— murieron en Siria tras una emboscada armada contra un convoy antiterrorista cerca de la ciudad histórica de Palmira. El ataque, que dejó además tres heridos, fue atribuido por el Mando Central de Estados Unidos y por el Ministerio del Interior sirio a un atacante solitario vinculado al autodenominado Estado Islámico.
Se trata del primer atentado mortal contra tropas estadounidenses en territorio sirio desde la caída de Bashar al-Assad, ocurrida hace un año. El hecho se produjo en una región donde las fuerzas de seguridad aún no han logrado recuperar el control total y persisten células activas del grupo extremista.
Mientras las autoridades estadounidenses y sirias coincidieron en la autoría del Estado Islámico, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos y fuentes locales señalaron que el atacante podría haber formado parte de las fuerzas de seguridad sirias. Desde Damasco afirmaron que existían advertencias previas sobre su posible radicalización.
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El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, confirmó que el agresor fue abatido por fuerzas aliadas y lanzó una dura advertencia contra futuros ataques, asegurando que Washington perseguirá sin descanso a los responsables de atentados contra sus tropas.
El presidente Donald Trump reaccionó al hecho prometiendo una “retaliación muy seria” contra el Estado Islámico. En un mensaje público, responsabilizó directamente al grupo extremista y desligó de cualquier culpa al presidente interino sirio, Ahmed al-Sharaa, quien —según Trump— manifestó su enojo por el ataque.
Estados Unidos mantiene presencia militar en Siria pese a la derrota territorial del Estado Islámico en 2019, ya que Naciones Unidas estima que aún operan entre 5.000 y 7.000 combatientes en células activas. La cooperación militar entre Washington y Damasco se había reforzado tras un acuerdo reciente para combatir a estos remanentes extremistas.
Fuente: France 24.
Foto: AP – Khalil Hamra.


