El inicio de la alimentación complementaria marca una etapa fundamental en la vida de un bebé. A partir de los seis meses, comienza un proceso de transición en el que la lactancia exclusiva ya no alcanza para cubrir todas las necesidades nutricionales. Pero comer no es solo incorporar nutrientes: también es explorar, aprender y vincularse. Las médicas pediatras Lorena Garcés (MP 3378) y Johana Céspedes (MP 5086), del Hospital de Esquel, compartieron pautas, advertencias y recomendaciones clave para acompañar esta etapa de manera segura, saludable y respetuosa del desarrollo infantil.
Según Céspedes, “la alimentación complementaria es un proceso que se inicia a los seis meses, cuando el bebé empieza a requerir alimentos sólidos o semisólidos, además de la leche”. A partir de ese momento, las familias deben comenzar a introducir nuevos alimentos progresivamente, observando siempre el interés del bebé y su maduración neurológica, que le permite sentarse, llevarse objetos a la boca y tragar con seguridad.
Entre los puntos más importantes que señalaron las especialistas está la advertencia sobre alimentos peligrosos. Está terminantemente desaconsejado ofrecer miel antes de los dos años por el riesgo de botulismo, una enfermedad grave que afecta al sistema nervioso. “Las esporas presentes en la miel pueden ser letales. Muchas veces se ofrecía con chupete o mezclada en la mamadera, pero hoy sabemos que eso no se debe hacer”, remarcó Garcés. Tampoco debe darse carne picada a menores de dos años, ya que puede provocar síndrome urémico hemolítico, una afección grave que compromete el funcionamiento renal.
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Otro aspecto crítico es el riesgo de atragantamiento. Uvas enteras, frutos secos, zanahorias crudas o cualquier alimento que no esté bien procesado o adaptado a la capacidad oral del bebé, puede representar un peligro. “Hay que prestar atención a la forma en la que se ofrece la comida. Los frutos secos, por ejemplo, se pueden incorporar en forma de pasta o bien triturados en preparaciones”, detallaron.
Pero más allá del qué y el cómo, las pediatras pusieron el foco en el sentido profundo de la comida como momento de desarrollo integral. “Cuando el bebé se sienta a comer, no solo incorpora nutrientes, también desarrolla sus sentidos, aprende texturas, olores, colores, y sobre todo se vincula con la familia”, dijo Céspedes. En este sentido, enfatizaron la importancia de comer sin pantallas, en un entorno compartido, con tiempo y acompañamiento afectivo. “Lo que se construya en estos años se verá reflejado en la adolescencia”, afirmaron.
Las especialistas recomendaron platos con variedad de colores —mínimo tres— y evitar procesados, azúcar, sal, lácteos antes del año, y manteca. “No es necesario procesar todo. Los bebés pueden masticar sin dientes y tienen reflejos que los protegen del atragantamiento si están bien sentados”, explicó Garcés. Además, señalaron que lo ideal es iniciar con dos o tres comidas diarias, en los momentos en que la familia pueda compartir el espacio. “La comida también es un ritual que fortalece el lazo familiar”, añadieron.
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Respecto a las alergias alimentarias, el enfoque ha cambiado radicalmente en los últimos años. Hoy se recomienda incorporar todos los alimentos potencialmente alergénicos (gluten, huevo, pescado, frutos rojos, etc.) entre los seis y nueve meses. “Con teta de fondo, el sistema inmune tolera mejor. Hay que dejar de tenerle miedo al huevo o la frutilla. Si hay una reacción, se evalúa con el pediatra, pero no se excluye por las dudas”, explicaron.
Finalmente, Garcés y Céspedes hicieron hincapié en bajar la ansiedad familiar. “El bebé muchas veces juega más que come. Se ensucia, escupe, explora. Y eso está bien. La alimentación complementaria no reemplaza la lactancia, la complementa. Y cada bebé tiene su ritmo”, concluyeron.


