En 1856, William Perkin, un joven químico británico de 18 años, buscaba un sustituto sintético para la quinina, el único tratamiento eficaz contra el paludismo. Sin embargo, en lugar de un remedio, obtuvo una sustancia azulada mientras experimentaba con alquitrán de hulla.
Lo que parecía un fracaso se convirtió en uno de los descubrimientos más influyentes de la historia: el color malva, el primer tinte sintético que cambiaría para siempre la industria textil y la ciencia.
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Hasta entonces, los tintes provenían de insectos, plantas y minerales, lo que limitaba la variedad de colores y encarecía los procesos. Perkin patentó su hallazgo y, pese a la desconfianza inicial, logró comercializarlo gracias a un golpe de suerte: la reina Victoria eligió un vestido malva para la boda de su hija y la emperatriz Eugenia de Montijo, referente de la moda europea, lo adoptó como tendencia. Así nació la “década malva”, entre 1850 y 1860, cuando los miriñaques y metros de telas teñidas inundaron el mercado.
La popularidad del tinte no solo transformó la moda, sino que impulsó la creación de toda una industria química. Los colorantes sintéticos demostraron ser más baratos y duraderos que los naturales, lo que abrió un camino para el desarrollo de nuevos productos: desde pinturas y plásticos hasta perfumes y adhesivos. Perkin, tras vender su empresa en 1874, siguió investigando en química orgánica y sus avances se aplicaron en múltiples áreas de la vida cotidiana.
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Pero el impacto del malva fue más allá de la moda y la industria. En medicina, los colorantes derivados de la anilina permitieron grandes avances: Robert Koch identificó los bacilos de la tuberculosis y el cólera, Walther Flemming estudió los cromosomas al colorear células y Paul Ehrlich sentó las bases de la quimioterapia e inmunología modernas.
El descubrimiento accidental de Perkin demostró cómo un error científico puede cambiar la historia. Lo que comenzó como un intento fallido de combatir el paludismo terminó vistiendo a reinas, salvando vidas y marcando un antes y un después en la ciencia.
Fuente: Clarín.


