Aunque ambos pertenecen al grupo de los anfibios, ranas y sapos presentan diferencias claras que no siempre se notan a simple vista. Estos animales comparten rasgos como la metamorfosis de renacuajo a adulto, la piel permeable y la reproducción externa en el agua, pero su biología y comportamiento los distinguen.
Uno de los rasgos más visibles es la piel. Las ranas poseen una piel lisa, fina y húmeda, ideal para ambientes acuáticos, mientras que los sapos tienen piel seca, gruesa y cubierta de verrugas, que los protege en ambientes terrestres. Esta diferencia también se refleja en sus hábitos: las ranas pasan la mayor parte del tiempo en el agua, mientras que los sapos se mantienen en tierra, acercándose al agua solo para reproducirse.
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La morfología de sus extremidades marca otra diferencia. Las ranas tienen patas traseras largas y potentes que les permiten saltos largos y precisos, mientras que los sapos tienen patas cortas, adaptadas a saltos cortos y movimientos más lentos. Esta adaptación también influye en su movilidad y estrategias de escape frente a depredadores.
Los huevos y la reproducción también varían. Las ranas colocan pequeños grupos de huevos en tierra o en charcas, mientras que los sapos los depositan en largas hileras bajo el agua. Este patrón asegura la supervivencia de sus larvas, pero refleja distintos modos de colonizar el medio acuático y terrestre.
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Por último, los mecanismos de defensa son distintos. Muchos sapos cuentan con glándulas venenosas detrás de la cabeza, capaces de ahuyentar a depredadores, mientras que las ranas carecen de estas glándulas, confiando en su agilidad y camuflaje para sobrevivir. Con estas diferencias, queda claro que, aunque parezcan similares, ranas y sapos son especies distintas con adaptaciones únicas.
Fuente: Diario UNO.


