Nueva Zelanda vivió este jueves una de las huelgas más grandes de su historia reciente, con la participación estimada de más de 100.000 trabajadores del sector público. Enfermeras, docentes y empleados de servicios estatales abandonaron sus puestos en reclamo de aumentos salariales, mejores condiciones laborales y mayor inversión gubernamental en áreas esenciales como la salud y la educación.
Pese al mal clima que obligó a cancelar actos en algunas regiones, las manifestaciones se extendieron por todo el país, con concentraciones masivas en Auckland, Wellington y Christchurch. Los sindicatos denunciaron que los servicios públicos enfrentan una “crisis de recursos” y advirtieron que la escasez de personal y la falta de inversión ponen en riesgo la atención médica y la educación de miles de ciudadanos.
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“Los pacientes no deberían sufrir daños ni morir antes de que las cosas mejoren”, expresó Becks Kelsey, enfermera en Auckland, durante la marcha. Docentes, como Paul Stevens, también advirtieron sobre una fuga de profesionales hacia el extranjero: “Muchos maestros están dejando la profesión y el país porque ya no se sienten valorados”.
El primer ministro Christopher Luxon calificó la protesta como “motivada políticamente”, mientras que su ministra de Función Pública, Judith Collins, sostuvo que los sindicatos eligieron “salir a la calle con megáfonos en lugar de negociar”. Sin embargo, una encuesta de Talbot Mills reveló que el 65% de la población apoya la huelga, incluyendo a casi la mitad de los votantes del gobierno de coalición.
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Desde la oposición, el líder laborista Chris Hipkins responsabilizó directamente al Ejecutivo: “Luxon está desconectado de la realidad. Prefiere beneficiar a las grandes corporaciones mientras el sistema de salud y educación colapsa”. Aunque el paro provocó cierres escolares y reducción de servicios sanitarios, la medida fue considerada por los sindicatos como “un mensaje claro” para exigir un cambio de rumbo en las políticas públicas del país.
Fuente: The Guardian.


