En 1913, Buenos Aires inauguró la Línea A de subte, la primera de Hispanoamérica y la número doce a nivel mundial, marcando un antes y un después en la movilidad urbana. El trayecto original unía la Plaza de Mayo con San Pedrito, en Flores, y revolucionó la ciudad al facilitar el traslado diario de miles de porteños mientras asombraba a inversores y visitantes internacionales.
La construcción comenzó en 1911 con más de 1.500 trabajadores y un presupuesto de 17 millones de pesos de la época. Durante la obra se registraron accidentes fatales, pero finalmente el 1 de diciembre de 1913 se inauguró el primer servicio de pasajeros, que transportó más de 147.000 personas en su primer día. En aquel momento, Buenos Aires se sumaba a ciudades como Londres, París y Nueva York que ya contaban con subterráneos.
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Más allá de su valor histórico, la Línea A guarda secretos poco conocidos. La estación Congreso, por ejemplo, tiene un pasillo que conecta con la Casa del Congreso, de acceso restringido por jurisdicción. Además, varias estaciones cuentan con un código de colores que ayuda a identificar los andenes: Loria y Perú comparten tonos naranjas, Lima y Río de Janeiro grises, y Castro Barros con Piedras verde, un sistema que perdura más de un siglo después.
Otro rincón oculto es la estación secreta del Pasaje Roverano, inaugurada en 1918 y construida con estructura metálica. Este acceso, utilizado por trabajadores del edificio y figuras como Antoine de Saint-Exupéry y el joven Jorge Bergoglio, permitía conectarse con la estación Perú. Hoy permanece cerrado, aunque los curiosos pueden asomarse y apreciar su arquitectura histórica.
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Actualmente, la Línea A recorre 9,7 kilómetros y transporta unos 250.000 pasajeros diariamente, conectando con las líneas C, D, E y H. Aunque los vagones de madera ya no circulan, su legado sigue vivo en los mosaicos, pasillos y secretos que recuerdan más de un siglo de historia porteña.
Fuente: Canal 26.


