En medio de la inmensidad de la estepa patagónica, La Señalada se transformó en un lugar especial para quienes recorren el Parque Patagonia. A pocos kilómetros de la Cueva de las Manos, el sitio funciona como una pausa para caminantes y viajeros que llegan después de recorrer senderos o explorar el paisaje abierto del noroeste santacruceño.
El lugar combina camping, yurtas y un pequeño almacén de campo que recibe a visitantes de distintos países. Allí, el aroma de comida casera suele ser la primera bienvenida para quienes llegan tras largas caminatas por el parque. Empanadas, sándwiches de milanesa en focaccia casera, tartas, choripanes y opciones vegetarianas forman parte del menú que sorprende en este rincón de la estepa.
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Detrás del almacén está Valeria Visconti, quien trabaja en el lugar desde hace tres años. Su historia también forma parte del espíritu de La Señalada: llegó desde Buenos Aires buscando un cambio de vida y terminó encontrando en la Patagonia un espacio de calma y conexión con la naturaleza. “Siempre digo que vuelven con el hambre del caminante”, cuenta mientras cocina y conversa con quienes pasan por el lugar.
Con el tiempo, el espacio fue creciendo. Lo que comenzó como un camping muy básico con apenas seis parapetos para carpas hoy cuenta con nueve sectores para acampar, duchas con agua caliente, estacionamiento para campers y tres yurtas equipadas para quienes quieren dormir en la estepa sin llevar equipo de camping.
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El encanto del lugar se completa cuando cae la noche. Sin contaminación lumínica, el cielo se llena de estrellas y el silencio de la estepa envuelve a los visitantes. Para muchos, esa experiencia termina siendo uno de los recuerdos más fuertes del viaje y una de las razones para volver a este pequeño refugio del Parque Patagonia.
Fuente: Agencia El Rompehielos.


