Barrer, fregar, ordenar. Tareas que la mayoría prefiere evitar pero que, según expertos que van desde monjes budistas hasta psicólogos clínicos, podrían ser mucho más beneficiosas para la mente de lo que parece. La limpieza del hogar, lejos de ser una carga, puede convertirse en una práctica de bienestar mental si se aborda de otra manera.
La tradición zen lleva siglos trabajando con esta idea. Los monjes unsui dedican buena parte de su tiempo a limpiar y ordenar como parte de su práctica espiritual. Shoukei Matsumoto, monje budista residente en Kioto y autor de Guía monástica para una casa y una mente limpias, sostiene que limpiar no es controlar el entorno sino cuidarlo. «Cuando limpiamos, no solo arreglamos una habitación: cuidamos nuestra relación con el mundo», escribe.
La ciencia apunta en la misma dirección. Holly Schiff, psicóloga clínica con consulta en Greenwich, Connecticut, explica que las actividades físicas y repetitivas como la limpieza son reguladoras para el sistema nervioso porque son predecibles, tienen estructura y ofrecen una clara sensación de cierre. Eso genera una sensación de control y arraigo que muchas tareas cognitivas o emocionales no logran producir.
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Otro beneficio tiene que ver con la atención plena. Schiff señala que si la limpieza se hace más despacio, prestando atención al movimiento físico, al ritmo o a detalles como la temperatura del agua, puede empezar a funcionar como un ejercicio de mindfulness. El truco está en correrse del modo automático y conectar con lo que se está haciendo.
Para quienes sienten que la limpieza los abruma, la recomendación es dividir la tarea en acciones pequeñas y bien definidas. «Elegí primero una sola superficie, una sola tarea o una sola habitación», sugiere Schiff. «Gran parte del agobio viene de anticipar la tarea entera en lugar de simplemente dar ese primer paso.»
Matsumoto agrega otro concepto clave: soltar la perfección. La paz, dice, no se encuentra en el estado final de orden sino en el acto continuo de vaciar el espacio y la mente. «En la naturaleza, todo cambia constantemente: las hojas caen en el momento en que terminás de barrer.»
El resultado, más allá del piso limpio, es una mente más tranquila. Como dice el proverbio zen: antes y después de la iluminación, el trabajo cotidiano sigue siendo el mismo. La diferencia está en cómo se lo vive.
Con información de DW


