Hace medio siglo, James Lovelock propuso que los organismos y el ambiente forman un sistema capaz de modificar y estabilizar las condiciones del planeta. La hipótesis sigue generando debate entre científicos.
La Tierra podría ser mucho más que el escenario donde se desarrolla la vida. Esa es una de las preguntas que plantea la teoría Gaia, una hipótesis formulada en la década de 1970 por el científico británico James Lovelock junto con la bióloga Lynn Margulis. El planteo sostiene que los seres vivos y el ambiente interactúan de manera permanente y que esas relaciones pueden contribuir a mantener condiciones favorables para la vida.
Uno de los aspectos que llamó la atención de Lovelock fue la capacidad del planeta para conservar condiciones habitables durante miles de millones de años. Desde la aparición de la vida, hace unos 3.700 millones de años, la energía emitida por el Sol aumentó considerablemente, pero la temperatura terrestre se mantuvo dentro de un rango compatible con la existencia de organismos. La composición de la atmósfera también presenta características particulares, con gases que permanecen juntos pese a que químicamente podrían reaccionar entre sí.
MIRÁ TAMBIÉN | YouTube duplica los requisitos para monetizar nuevos canales
Para explicar cómo podría producirse una regulación sin que exista una conciencia que controle el planeta, Lovelock y Andrew Watson desarrollaron el modelo matemático Daisyworld. El ejemplo imagina un planeta cubierto por margaritas blancas y negras. Las primeras reflejan más luz solar y enfrían el entorno, mientras que las segundas absorben más radiación y favorecen el calentamiento. La proporción de cada especie puede variar según la temperatura y, como consecuencia, generar un efecto de compensación climática sin que ningún organismo tenga intención de hacerlo.
La hipótesis, sin embargo, fue cuestionada por distintos investigadores. Una de las principales objeciones señala que la selección natural actúa sobre organismos y poblaciones, no sobre la Tierra como si fuera un único individuo. También se cuestionó si los modelos utilizados para defender Gaia representan adecuadamente la enorme complejidad del sistema terrestre. Estudios posteriores plantearon que la vida puede influir en la estabilidad ambiental sin necesidad de considerar al planeta como un organismo que evoluciona como una unidad.
El debate adquiere una dimensión actual cuando se analiza el impacto humano sobre el planeta. La actividad industrial y tecnológica modificó ecosistemas, ciclos naturales y composición atmosférica a una escala sin precedentes. La teoría Gaia no sostiene necesariamente que la Tierra tenga conciencia o un objetivo propio, pero sí permite pensar en una consecuencia concreta: que la vida puede transformar el planeta y que esos cambios no necesariamente serán favorables para los seres humanos.
Con información de DW.


