«Hay gente en Argentina que no sabe que todavía tiene familia de desaparecidos. Es muy diferente de lo de Ayotzinapa, pero es parecido en el sentido que esta tecnología puede ser de ayuda porque si tú tienes un poco de curiosidad es muy fácil visitar un sitio web en donde levantas el teléfono, te hacemos el reconocimiento facial y te damos los tres resultados más cercanos por fisionomía a la tuya. Sabemos que funciona», asevera.
A partir de este dato, es más sencillo buscar en el banco genético porque «ya sabes con quién compararte, tienes un motivo, si una persona se puede reconectar con su familia ya es un gran éxito, pero incluso si eso no sucediera la idea es tener memoria colectiva, recordar que esto sucedió y de que pudiste haber sido tú, y sobre todo ahorita con las elecciones».
El objetivo es «que tengas mecanismos de recuerdo, conmiseración», usando una «tecnología para generar lazos fraternales».
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Pero el ofrecimiento es sólo la plataforma, algo que también está en sintonía con el proyecto que aborda la desaparición de mil mujeres indígenas en Canadá en los últimos 10 años. Por ello, «todas las programadores son mujeres indígenas, porque no quiero ser el portavoz de una circunstancias, simplemente quiero ser el nerd que apoya para que estas plataformas existan y luego que cada quien la haga suya», dice.
Lozano Hemmer trabaja en la intersección de la arquitectura y el arte escénico a partir de la creación de plataformas que precisan de la interacción del público para completarse, para las cuales utiliza desde luces robóticas, fuentes digitales, vigilancia computarizada, biometría, muros de medios o redes telemáticas e incluso la finita frecuencia radioeléctrica.
El pasado martes presentó en una charla abierta titulada «Antimonumentos y subesculturas: un repaso a tres décadas de creación de arte electrónico» su trayectoria como artista y «director de escena» en Buenos Aires que tuvo lugar en la Fundación Andreani del barrio de La Boca.
Fuente: Télam


