La crisis económica golpea fuerte a los kioscos de barrio: en el último año cerraron 16.000 locales en todo el país, lo que equivale al 15% del total registrado. Según la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), hoy quedan unos 96.000 kioscos formales, pero la mayoría enfrenta una situación crítica por la caída en las ventas, el aumento de los costos fijos y la competencia desleal de cadenas y comercios de otros rubros.
Claudio Páez, kiosquero desde hace 12 años en Almagro, sintetiza la realidad con números duros: “Este mes pagamos el IVA de marzo y debemos abril, mayo y julio. La luz me vino 600.000 pesos y las ventas bajaron un 24% en mayo respecto de abril”. El kiosco que atiende con su familia sobrevive gracias a ofertas, promociones y alianzas con negocios cercanos, aunque asegura que ya no alcanza para sostener el local.
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Ernesto Raúl Acuña, vicepresidente de la UKRA, advierte que el cierre de kioscos impacta en la vida barrial. “El kiosquero es parte del tejido social: te guarda la llave, te fía un paquete, conoce a los vecinos. Estamos perdiendo un actor clave de la comunidad”, afirma. También cuestiona la expansión de cadenas y otros comercios que venden productos típicos del rubro: “Las farmacias, verdulerías y supermercados chinos venden gaseosas, alfajores y cigarrillos. Es competencia desleal”.
La reconversión aparece como una salida obligada para muchos kiosqueros. Algunos suman cafetería, librería o venta de productos regionales, pero los altos costos operativos y el menor consumo limitan estas alternativas. “Podés sumar superpanchos, pero te exigen obras caras, habilitaciones, y al final no recuperás la inversión”, explica Páez.
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Acuña teme que el destino de los kioscos sea similar al de los almacenes en los 90, desplazados por grandes cadenas y shoppings. “Antes el almacenero vivía bien, tenía casa y auto. Hoy sus hijos son empleados de supermercado. Si no hay políticas que protejan al kiosco, puede desaparecer”, alerta.


